Francisco Javier Bautista Lara
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Tanto brillo desparramado!
¡Tanto inalcanzable destello!
Rendija (Huellas del Otoño)

Leonardo da Vinci escribió: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte”. ¿Cuál es la principal riqueza que cada ser humano tiene? Sin duda, su existencia en el tiempo que dure, para aprovechar sus competencias, capacidades físicas, mentales y emocionales. ¿Cuál el propósito? Solo cada quien tendrá que responder, quizás esa respuesta exista al final, ¿lo supimos al principio o en un momento dado? Es parte del misterio íntimo de la vida. A todos, un día, en una circunstancia desconocida, nos llegará ineludible la muerte, para cerrar el ciclo de la vida, que iniciamos al nacer. Morir es un acto solitario y profundo que solo cada uno debe enfrentar y resolver, en el camino incierto que recorre: “lo que no conocemos y apenas sospechamos”, escribió en Lo Fatal, el poeta centenario Rubén Darío. La vida es una chispa, en medio de dos grandes oscuridades.

¿Qué era antes? ¿Qué será después? ¿Cuánto dura el destello del que apenas nos damos cuenta? Para los budistas la vida y la muerte son un todo único, con la muerte comienza otro capítulo de la vida. El escritor chino Mo Yan (Nobel de Literatura 2012), describió ese ciclo de morir y volver en una divertida novela: “La vida y la muerte me están desgastando”.

Dedicar un día a los difuntos, es común en distintas culturas y creencias. La fecha del 2 de noviembre, después del día de Todos los Santos, adoptada por la Iglesia católica desde el siglo XIV y como feriado en muchos países contemporáneos, era celebrada desde el siglo X en Alemania; el culto a los muertos era celebrado por mexicanos, mayas y otras civilizaciones precolombinas. Es tradición antigua, mezcla de costumbres. Ofrecen comidas, bebidas y dulces para la ocasión, se arreglan altares y visitan los panteones, interpretan melodías alusivas, llevan flores y encienden velas, lloran, festejan y veneran a sus deudos según las tradiciones, en un sincretismo de credos y supersticiones, los recordamos, en privacidad y silencio, en los festejos del día, les rendimos homenaje, oramos por la salvación de su alma ante la realidad irreversible que nos espera. Vuelve la memoria de los seres queridos, según la proximidad e intensidad, nos acompaña siempre.

La muerte, cuando no ha tocado la puerta de nuestra casa, aunque la veamos que llega a otras personas, suele confirmar su existencia, cuando ocurre en el entorno inmediato y familiar. La primera vez que la percibí, tenía seis años, falleció mi abuela materna. Después, mi consciente dejó oculto el incomprendido dolor del niño. Durante los años de la guerra, rondó frecuente nuestro entorno y fuimos testigos de su presencia lamentable y persistente. Hace once años volvió con su espada implacable: se llevó a mi madre. Ese acontecimiento, en cualquier momento de su vida y la nuestra, sacude las simientes personales. Unos años después murió mi padre, un nuevo duelo tocó la inmediata proximidad de mi origen. Mis progenitores han partido, entonces, me convencí de lo que algunos dicen: “comenzamos a morir nosotros”. Fue asumida como una realidad próxima, inevitable e inmediata.

El primer día del año en curso, ocurrió la partida anticipada de mi hijo Juan José. Eso sacude y replantea todo para dejar lo esencial: el amor. Todo es tan perecedero. Lo siento en la ruptura y la renuncia inesperada que asumo. Francisco de Asís, cantó: “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la que ningún hombre vivo puede escapar”. Queda, en la simplicidad que busco, la serena madurez de la esperanza, nuestra dulce amiga. ¿Qué me llevo ahora que parto? Reconozco que no temo a la muerte, pero pregunto: ¿a qué vine? ¿Habré cumplido el propósito? ¿Qué falta aprender o enseñar? ¿He influido positivamente o enseñado lo que debía? Mientras tanto, hago lo que creo debo hacer con dedicación. Y a ellos, los que se han ido, por la Misericordia de Dios, “que descansen en paz”, y a nosotros, que transitamos en el ciclo vital que comienza y termina, “que la paz sea con nosotros”.

www.franciscobautista.com

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