Jorge Isaac Bautista Lara
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Para María del Monte “un muerto sigue vivo mientras se le recuerde”. La muerte verdadera sería entonces el olvido. Y si vemos esto en otro aspecto, el resultado es más dramático, pues se muere, aun estando vivo, cuando se es un olvidado en la sociedad o familia; muertos en vida. Matamos al olvidar. La peor y más lenta de las muertes; ser matado antes de morir con existencia biológica, pero sin tener ni dar un sentido y sentimiento, material y espiritual, que integre a los otros.

Donde el único que sabe que existimos es uno mismo y nuestro Padre. Ahí el caso de los niños de la calle, hermanos olvidados, los ancianos y nuestros propios padres a cierta edad. La muerte la definimos como ese efecto último dentro del proceso de vida de un ser. Como el fin de la vida. Producto de múltiples causas: vejez, enfermedad, desastre, accidente, tristeza (la que sufren los ancianos por el abandono). De manera que la muerte está vinculada indisolublemente a la existencia. En definitiva se debe estar vivo para poder luego morir en algún momento de ese existir.

Somos igual que las estrellas que en algún momento nacen, pero con el tiempo se mueren. Y en ese tiempo se debe tratar de imitar lo de ellas; dar luz y acumular en lo posible la mayor cantidad de virtudes. En las palabras del Dalai Lama, “la felicidad y el sufrimiento son frutos de causas y condiciones, por tanto si uno desea estar libre de sufrimiento, debe eliminar toda causa negativa, evitar cometer actos negativos…” porque “…la virtud es el producto de la conducta virtuosa y el espíritu altruista, fomentemos eso para obtener la felicidad”. En la Biblia se dice al fin de cuenta que “los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada quien morirá por sus pecados” (Deuteronomio 24; 16). José Saramago escribió la novela “Las intermitencias de la muerte”.

En ella narra un hecho insólito, y es que la tan temida muerte había decidido dimitir de sus funciones, y con ello suspender su labor. En consecuencia la gente dejó de morir. Algo que en un primer momento causó una euforia, luego se va transformando en un efecto de caos colectivo. Porque el dejar de morir las personas no significó que el diario vivir dejara de suceder: los nacimientos continúan. Los hospitales se atestaron de enfermos y accidentados que no mueren.

En el efecto económico las funerarias, floristerías y otros negocios se las ven en serios aprietos. Los cementerios dejan de recepcionar muertos, estando bendecido, o maldecido, el ser humano a la eternidad. La vejez es el estado futuro para la humanidad. En ese drama se ve la necesidad del retorno de la muerte retomando sus funciones. La novela deja traslucir la necesidad de la existencia de la muerte entre los humanos. Fue un texto que sorprendió al publicarse. Seguramente fue la justificación, el anuncio anticipado, de que años más tarde su autor muriera irremediablemente. Saramago, antes de irse, nos aconsejó: “Si el mundo alguna vez consigue ir a mejor; solo habrá sido por nosotros y con nosotros”.

Claro que se refería a lo que hacíamos estando vivos.  Carlos Fuentes también hizo lo suyo y escribió la novela “La muerte de Artemio Cruz”, que se desdobla en tres personajes que existe en uno solo. Montaine por su parte al mencionar la vida que eternamente nos atormenta dice: “El que enseña a los hombres a morir, debería al mismo tiempo enseñarles a cómo vivir”. Una vida que vivimos sin saber cómo. Y al vivir Carlos Monsiváis pensaba que “somos aquello en lo que creemos, aun sin darnos cuenta”. En ese dilema de no saber ni entender la vida “o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba yo entendiendo” del mismo Monsiváis. Aconseja mejor valorar el día en que estamos: “Si nadie te garantiza el mañana, el hoy se vuelve inmenso”.

Para Og Mandino: “Solo cuando podamos enfrentarnos a la muerte, con fe y con una sonrisa, seremos capaces de conquistar la vida”. Pero pensada una cosa u otra (vida o muerte); la verdad es que al morir el frío, la tristeza, el sentido de abandono y soledad inundan las partidas. Gustavo Adolfo Bécquer escribió: “Cerraron sus ojos/ que aún tenía abiertos/ taparon su cara/ con un blanco lienzo/ y unos sollozaron/ otros en silencio/ de la triste alcoba/ todos se salieron/…/ yo pensé un momento/ ¡Dios mío, que solos/ se quedan los muertos!”. Valoremos a nuestros seres vivos, demos sentido a nuestra vida y recordemos a los que ya no están.

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