Eunice Shade
  •   Managua, Nicaragua  |
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La brisa fresca del otoño me trae las palabras de un viejo amigo. El tiempo que pasa por nosotros, que nos arruga y nos recuerda lo vulnerable que somos. Pienso en ese momento de encuentro final con el destino, cuando hayamos de cerrar los ojos y solo quede nuestro recuerdo en las memorias de quienes nos amaron realmente. El espacio que ocupa la ausencia y que jamás se reemplaza. En menos un mes dos escritores han muerto. Uno, se hacía llamar Wordei (entre otros nombres filosóficos) porque creía en la fuerza de la palabra, en su vertiente ética. Solitario, en el Hotel Plaza Azul de aquel entonces vivía German Pomares Herrera, en una habitación helada, rodeado de libros, manuscritos y su computadora, donde pasaba escribiendo la mayor parte del tiempo.Tuvo un gato que le ronroneaba y lo seguía a todos los rincones del cuarto.

Hasta que un día, como por arte de vida, hubo de marcharse. German tenía el don de la buena plática. Una vez a la semana llegaba a visitarlo para que me contara de sus experiencias, de sus aprendizajes como psicólogo innato y escritor. Está dispersa su colección de historias que publicaba semanalmente en El Nuevo Diario bajo el título de “Los cuentos de Rupandiya”.

Entre muchas historias, artículos, blogs en donde nos deja su noesis, que siempre compartía con quienes llegábamos a quitarle un poco de su soledad, en aquellos días cuando su gruesa figuraba se deslizaba por los pasillos del hotel. Un día un fotógrafo amigo mío, quien cubrió la guerrilla en Nicaragua, me regaló una foto en blanco y negro del Danto en la montaña, con su uniforme de guerrillero, armado, con sus carrilleras cruzadas en forma de X y muy serio en medio de los árboles de la jungla viendo directo al lente de la cámara. Fiel retrato de German. Le llevé la foto de regalo y se puso contento. Un día se enfermó y lo abrazamos, le dimos un estrechón de manos y tuvo que partir no sin hacer su vida y haber amado.

Hoy la ciudad de Pittsburgh sigue su ritmo envuelta toda en el manto gris del otoño que avisa que ya está aquí. De lejos me viene la negra noticia sobre otro amigo; Donaldo Altamirano ha partido. Me digo: ¿Tan joven? Pienso en su sabiduría. En su amor incondicional por Beltrán Morales y Carlos Martínez Rivas, en su biblioteca selecta, en sus estantes de libros-reliquias y sus experiencias como lector, que nos transmitía cada vez que nos reuníamos. Pienso especialmente en uno de nuestros encuentros en su casa, con Carlos Rigby y que por ese amor que sentimos a la Literatura, a la vida, al ser, yo les pregunté por Dios. Y sus ojos se iluminaron como cuatro velas en un altar oscuro y esa tarde ambos me transmitieron su certeza de saber, guiados por una fuerza más allá de ellos mismos: “Niche, me decía Donaldo, Dios es fulminante en la vida de una persona”. A Rigby le brillaban los ojos cuando me hablaba mientras Donaldo paciente escuchaba: “Cuando conozcas al Todopoderoso, vas a ver”. 

El olor a libro antiguo se me viene, la filosofía de Mina de Gerais, el culto al cuento excepcional de Felisberto Hernández, la imagen de los amigos en sfumato en la casa de Donaldo, las máscaras de Xenia y las críticas a las bienales. Las navidades en el Crucero, porque nos habíamos hecho familia y cuando uno pierde a un miembro de su familia un nudo deshace sus hilos en nuestra garganta, a sabiendas que los poetas sin importar lo que escriban nunca mueren. 

Pittsburgh, Octubre 25, 2016.

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