Lesli Nicaragua
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En una reunión casual de catedráticos, hace ya seis años, luego de algunos meses de haberle comentado que estaba finalizando una novela sobre el verdadero mundo universitario, el escritor y colega Guillermo Cortez me preguntó sobre la pronta publicación. Como el inescrupuloso diletante que entonces era, le contesté que en un lapsus alcohólico-piromántico me deshice de las 132 cuartillas que me resultaron de cuatro años de persecución, investigación y despilfarro de dinero y de tiempo con los sujetos-tipos que dieron vida al proyecto.

—¿Por qué?— me inquirió Cortez, con asombro en sus ojos y una sonrisa piadosa. Mejor el silencio, fue mi respuesta.

De aquel texto solo se salvó el título, que mi buen amigo Iván Uriarte me sugirió una tarde en el Barón, mientras leíamos los nueve cuentos de Salinger, y las dos primeras líneas de aquella crónica extensa, que le gustaron al escritor y compadre Javier Sancho Más, quien me sugirió el tema una noche de 2006 en las Ramblas Canaletas, en Barcelona, cuando me tiró a las turbulencias de la escritura de ficción. Tal vez destapar aquella vida universitaria no sería lo más conveniente para los protagonistas, que hoy son personajes públicos. Ese fue el silencio.

Lo mismo pasó  cuando a Javier González Serrano le pedí que leyera —en la oficina de la universidad donde yo trabajaba— los primeros cuatro cuentos de una serie de 12 ya terminados.  Se me encarnaron tanto que médula y nervio, dureza y maleabilidad se hicieron uno. El gay triste, muerto moralmente por su familia; la niña loliana que se aferró a su hombre grande hasta morir; la joven que adivinó el mal en su enseñante; todo ese mundo real de la Managua urbana, nocturna, sin ambages se me quedó atragantado de tan vivo, y los enterré. Ese fue otro silencio grande.

En esta etapa cuando, como Pablo, me fueron abiertos los ojos, me ha cercado una nueva experiencia de esas en que uno debe, como humano, multiplicar los esfuerzos mentales para no caer en la tentación de lo posible para acallar una insidia. Si algo he aprendido en estos dos años de vida nueva, tropezando o resbalando, nunca cayendo, es que hay que creer. No en los amigos, compañeros o familiares, sino en la persona. Porque cuando dejemos de creer en el otro, este mundo se fregó, leí hace muchos años en una de todas las páginas que descifré del Gabo.

Pero aún más importante es lo que dijo el Hombre de la cruz, amarse unos a otros, en esta brevedad de ser, que hoy es y mañana tal vez. Porque sabiendo los sinsabores a los que nos vemos expuestos en la vida, siempre hay que tener presente que todas las cosas que pasan nos ayudan a bien. En El manual de amor, un escrito cómico-satírico, el escritor insta a sus lectores que en última instancia la verdad se prueba para mantener la fe humana, porque no hay nada en que el amor más confíe que en un polígrafo, el aparatito que te dice quién miente y quién dice la verdad. Sin embargo, para mí, mejor es el silencio.       

Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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