Augusto Zamora R.*
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Puede decirse que es la sal de la vida. Lo que nos mueve al conocimiento, invención, creación. Sin ella todo sería una página en blanco, universos estáticos, la nada.

Nacemos con ella pero, como tantas otras características inherentes a la especie, debe cultivarse, promoverse para desarrollarla. Existir ambientes propicios para encauzarla.

Es directa la relación entre índices de curiosidad y niveles de prosperidad. Los países ricos tienen índices altos de curiosidad. Los pobres, cuanto más pobres, poca o nada.

En Física suele emplearse la fórmula: “Imaginemos que…”, para plantear un supuestos y  buscarles respuesta. La curiosidad por saber es el motor de investigación y creatividad.

Los pensadores griegos clásicos se preguntaron cuestiones muy diversas y su curiosidad sentó las bases de la civilización grecorromana en ciencia, filosofía, literatura, teatro…

La curiosidad hizo que Francis Bacon, filósofo y escritor inglés, se preguntara si el frío preservaba los alimentos. Lo caviló tras ver un pollo congelado en su granja.

Para saciar su curiosidad, tomo un pollo fresco y lo rellenó de nieve. Ciertamente, el frío conservaba la carne. El frío le provocó neumonía y la neumonía la muerte. Pero acertó.

Las escuelas deben ser nidos de fomento de la curiosidad. Ocurre en Finlandia, en Francia, donde los deberes escolares están prohibidos para que los niños dejen volar su imaginación, desarrollen la curiosidad innata con que nacemos.

Saturar a la niñez de deberes acota la mente, no lo contrario. Ser curioso, no chismoso… 

az.sinveniracuento@gmail.com

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