Orlando López-Selva
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Nunca habían estado tan reñidas las elecciones presidenciales norteamericanas como en esta contienda. Todo ha sido filtración, escándalos, sensacionalismo. 

La batalla pública por la Casa Blanca se convirtió en una lucha interna (¿casi una contienda civil?) por los medios. Hubo feroces batallas de dimes y diretes, chismes y acusaciones verbales.  

Lo que me sorprende es que las encuestas, fácilmente, oscilaron  de un extremo al otro. ¿La emoción desarticuló todos los razonamientos fríos?

En la metódica y todo-predecible sociedad norteamericana, orgullosa de su orden, de sus libertades, y del respeto que inspiran todas sus instituciones políticas, todo lucía fuera de lugar. 

Vivimos una guerra mediática a ultranza. Tanta emoción, cólera, desahogos, virulencia y paroxismo que, a veces me parecía que una obra shakesperiana estaba escenificándose. Era un teatro de intercaladas escenas dramáticas, satíricas o burlescas. Todo enfocado en las torpezas y yerros de los contendientes, sacando a relucir sus pequeñeces humanas, cuitas e instintos más crudos y estremecedores.

¿Ha sido la campaña presidencial de los trapos sucios?

Por cierto, no se lavaron en casa. En todo el planeta resonaron los medios con los detalles más íntimos, sórdidos e inusitados de lo que son capaces de hacer los contendientes y sus equipos de estrategia, propaganda e inteligencia, para sacarse los trapos al sol y conseguir unos puntos más. 

Los programas y propuestas políticas quedaron opacados. Era más bien una guerra de acusaciones e imputaciones mutuas, víctimas sacadas de baúles oscuros, documentos, videos. La única regla: nada estaba prohibido. La cuestión es sumar para sí y restarle al adversario, denigrándolo.

¿Habrá algo más humano que una contienda política?

¿Dónde quedó la ética electoral, que es la base de toda contienda democrática, en un país que es ferviente seguidor de la misma? (Que por cierto, la democracia no es perfecta; pero es el mejor y más eficiente método racional probado para dirimir las controversias de los asuntos públicos).

Este servidor creía que no iba a volver a tocar este tema tan  controversial y laberíntico. Pensé que era desgastante estar abordando cosas que se vuelven repetitivas (igual sucede con temas como Iraq, ISIS o Venezuela). Pero son los eventos los que se reconvierten. Ello obliga a replantearse preguntas y volver a intentar examinar los hechos y las ideas desde nuevos ángulos.

Ya no era cuestión de prever quién podría ganar la presidencia de la todavía mayor potencia del orbe. La cuestión era que este precedente —ya lo había dicho hace varios meses— causaría desajustes y desbalances en la sociedad norteamericana. Incluso obligaría a revisar, enmendar y reajustar a las instituciones, legislaciones y mecanismos de su sistema electoral.

Ello en sí es bueno. Y creo que la democracia liberal está hecha para autorregularse y curarse cuando enfrenta problemas serios internos. Pero, igualmente, cabe preguntarse: ¿Cómo va a ajustarse el desbalance con los nuevos valores que afloren con la llegada de los ciudadanos advenedizos que se integran al tejido social norteamericano?

¿Cómo va a conciliar el problema de los desacuerdos internos frente al liderazgo que Washington está perdiendo en la medida que el mundo está siendo más multipolar y multicultural?

Con el tema de la multipolaridad habrá estrategias posibles. Pero con el tema de la multiculturalidad, va a ser un asunto difícil de conciliar, sabiendo que el tejido social norteamericano es cada  día más variopinto, abigarrado, cambiante.

Dentro de los Estados Unidos, el problema yace en que al convertirse cualquier persona en ciudadano norteamericano, ipso facto, por la generosidad democrática, adquiere derechos que le permiten cuestionar a todo el establecimiento, jaquearlo o proponer darle giros, que otros los percibirían como desafiantes. 

Este sí es un problema muy serio. Y no se puede salir con el cuento de que la democracia, de repente, debe ser revisada solo para frenar nuevos ímpetus contracorriente. O salir diciendo que habrá dos o tres tipos de ciudadanos, cuyas voces y votos serán dispares.

Nadie puede prever lo que sucederá mañana. Extrañamente, las predicciones electorales se variaron con cada nueva filtración surgida en contra de los mayores contendientes presidenciales.

Lo que me parecía impensable es que, sabiendo que la sociedad norteamericana —hecha para lidiar con la contingencia— y solo hacer cambios evolutivos, no parece estar preparada para enfrentar desajustes violentos o radicales.

¡O tal vez, es probable que no comprendamos la elasticidad de la democracia!

Solo los norteamericanos sabrán cómo reaccionar a lo que les suceda. Pero, ¿seguirán siendo todavía aptas sus instituciones para permanecer inalterables, si todo, de repente, se sale de sus cauces?

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