Carlos Andrés Pastrán Morales
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En las vastas playas de las costas, las piedras hechas arena hace miles y miles de años, como las plantas, se han adaptado a través del tiempo a las nuevas temperaturas, tierras y condiciones. Se hace de noche, en el pleno vacío se ven las estrellas a unas cuantas vidas lejos de nosotros, destellos, luces, el universo encima nuestro. Y mientras pasa esto, con paciencia, salen tortugas del agua, arrastrándose con fuerza. Vienen de nadar cientos de kilómetros. Detrás de estas salen más y más solo para sumar otro milagro. Cavan su hoyo, depositan los huevos y su trabajo está terminado. 

Ver cómo la vida se crea gracias a grandes esfuerzos, no solo del ser vivo, sino también del ambiente para crear las condiciones necesarias, la belleza espontánea, que siendo simple y hermosa, es compleja y oculta ante nuestros ojos.

En las más altas montañas, donde sobreviven los más cálidos y nubosos bosques existe de todo lo que se puede y no se puede imaginar. Desde insectos con un aspecto poco común, que asustan, hasta aves preciosas que vuelan siempre alertas. Las lluvias caen diariamente, las plantas viven, el lodo crece, la gente se alimenta, las condiciones se crean. Y saber que los murciélagos, los vampiros ficticios, los chupasangre que dan rabia y son asquerosos, vuelan por las oscuridades para alimentarse y crear vida. Viven en penumbra, salen de sus cuevas, toman, comen polen y de flor en flor, hacen la vida. Todo esto con una baja calidad de visión, con una buena audición, hambre y aporte a la naturaleza. Una cadena de acontecimientos que no son tan tomados en cuenta, que casi nadie ve, se dan a diario, a cada minuto, a cada segundo.

A expensas de lo que queda en este mundo, la vida crea atajos y toma escondites para seguir haciendo de las suyas. Pues hasta en los más recónditos lugares, situaciones y momentos, ella siempre está. Eso es vida natural y es belleza. 

Especies de árboles que parecen extraídos de otros mundos o de la ciencia ficción, hacen lo imposible para sostenerse de la tierra y nunca caer. Extraordinaria fuerza y raíces inmensas. Pareciera que evadimos saber de ellos, o simplemente somos indiferentes porque estamos viviendo un mundo en crisis, agitado y violencia y nuestra vida en nuestro país también es apurada, individualista, sin ver nuestro entorno y sin apreciar la naturaleza. 

Árboles y plantas tratan de sobrevivir a diario, son inteligentes y pueden conseguir alimento, agua y sol. Una competencia enorme por llegar al techo de los bosques, para vivir más y con más salud. Ayudarse de los hongos en la tierra, que comen y hacen desaparecer a los caídos. Caminamos entre ellos, nos subimos, los marcamos, son nuestros amigos y parte de nuestra vida. Son inmensos y amigables. Son hermosos e inigualables.

Pero, nosotros, los humanos, que somos de las especies que más crea vida, no amamos la vida. Parece que la odiamos, porque amamos la muerte. Matamos a gente, matamos árboles, matamos plantas, matamos animales, matamos la naturaleza, la belleza, matamos la vida. 

Paradójicamente, vivimos para matar y el ambiente vive para seguir viviendo. Somos la contradicción. La oveja negra en este mundo somos nosotros, no la oveja negra en sí.

Llegará el día en que el mundo se nos venga encima, y no falta poco, esta venganza está empezando, miles de muertes se aproximan, inocentes y culpables. El daño es general y la naturaleza no perdona. Nos van a aplicar nuestras leyes, si matamos somos apresados, y eso nos harán, hasta que exista un cambio, el mínimo, y todo vuelva a ser como el inicio de los tiempos, amigable. 

La vida siempre se crea sin la necesidad de los humanos, no somos los únicos, pues nosotros ni sabemos de dónde venimos, los creyentes dicen que de Dios, los científicos de un choque de la galaxia. Pero la naturaleza siempre nos ha estado viendo y estudiando. 

Caeremos a menos de que cambiemos. Debemos entonces ser sensibles ante la naturaleza, porque en la vida se puede disfrutar miles de cosas hermosas que aún no hemos eliminado y debemos preservar.

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