Adolfo Miranda Sáenz
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Las reacciones en el mundo por el triunfo de Donald Trump han sido muy diversas, pero casi ninguna positiva.

Gobernantes, políticos, empresarios y analistas de los cinco continentes expresan sentimientos que van desde el terror hasta la esperanza de que esto “no resulte tan malo”. Quiero ser optimista y esperar que al final de la historia “no resulte tan mala”. Mientras tanto, la mejor descripción de lo que ha pasado –hasta ahora- la hace John Carlin (El País, España), en un artículo titulado “Un loco a cargo del manicomio”, afirmando que Trump será un Cantinflas en el papel de Calígula, en una versión moderna de la caída del imperio.

Como dice Carlin, los estadounidenses han sucumbido al suicidio político colectivo tirándose desde lo alto de la Trump Tower sin oír a los que les rogaban que no lo hicieran.  La locura se impuso a la razón, se dio el salto al vacío, el delirio se hizo realidad: Trump en la Casa Blanca. Antes del resultado electoral, ante la mera posibilidad de que Trump pudiese ganar las elecciones, el resto del mundo miraba a los Estados Unidos con una mezcla de burla y pavor. The New York Times contó que el régimen iraní había roto con su tradición de censura y permitido transmitir en directo en la televisión estatal los debates entre Trump y Hillary Clinton. Los gobernantes de Irán consideraron que el “Gran Satanás” se ridiculizaba solo. Y así fue.

Seguramente algunos confundidos, ingenuos o con poco conocimiento de la política, junto con racistas y ultraconservadores, ahora ríen. Pero en Estados Unidos buena parte de la nación llorará: entre ellos algunos que ahora ríen; y muchos de los que tienen un nivel educativo arriba del promedio, de los que saben distinguir entre los hechos y las mentiras, de los que saben lo que ocurre fuera de sus fronteras (que afecta a los Estados Unidos), sin excluir a varios altos mandos del Partido Republicano que Trump en teoría representa. El desconsuelo será tremendo; la división dentro del país, abismal; la herida social que se ha abierto, imposible de cicatrizar a corto plazo. La victoria de Trump es, entre otros horrores, una victoria de la supremacía blanca. Se sentirán amenazados en su país los ciudadanos negros, hispanos, musulmanes… ¡Y eso podría acarrear graves consecuencias!  Que una nación tan próspera, con una democracia tan antigua, haya cometido semejante disparate pone en duda que la democracia, tal como se practica en los Estados Unidos, sea el modelo de gobierno a seguir para la humanidad.

Tal como comenta en El País John Carlin, con la victoria de Trump nos encontramos de repente sin brújula en tierra desconocida. El electorado estadounidense ha preferido a un narcisista ignorante, vulgar, racista y descontrolado como presidente, que a una mujer seria e inteligente como Clinton, quien -independientemente de que se le acuse de mentirosa y descuidada-, está capacitada para la presidencia mil veces más que Trump. Han puesto a un loco a cargo del manicomio, lo cual daría risa si uno no se parara a pensar que el manicomio en cuestión es la potencia nuclear número uno del mundo.

Ante esta realidad quiero ser optimista. Quiero pensar que quizá no resulte “tan mal” este asunto. Quizá los republicanos no le permitan descalabrar a su partido y a su nación. Quizá logre moderar a Trump la cercanía de gente como Pence, Giuliani, Christie… que aunque sean conservadores (muy poco de bueno espero de la derecha conservadora) no son, al menos, locos, megalómanos ni payasos. Y que demócratas y republicanos desde el Congreso eviten el caos en los Estados Unidos y el posible escenario de ver al mundo unido contra su país.

Abogado, periodista y escritor.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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