Alexander Reyes
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El lento recorrido del hombre primitivo para convertirse en modelo masculino posmoderno constituye una desfragmentación de la historia oficial. Si el primer hombre luchaba por un deseo innato de supervivencia, el segundo intenta construirse a sí mismo a través del rastreo de sus fósiles antepasados y la letra escrita aún oculta.

Comparado eternamente con el mamífero más parecido, el mono —cuyo instinto está determinado por la limitada “racionalidad” de la imitación—, el hombre potencializó su raciocinio con el trabajo —como bien expuso Engels en “El papel del trabajo en la transformación del mono”— y, por efecto, el habla, punto este de inflexión trascendental para que, además de generar nuevas movilidades y articulaciones físicas y sociales, desechara el fruto podrido de la ignorancia.

Gracias al lenguaje, la memoria del hombre se convierte en un vientre estacionario, por donde los mecanismos artísticos del pensamiento unifican vasos comunicantes con el conocimiento adquirido de sus pares. Por lo que se contradiría lo que dicen los libros de historia y el método que emplean para contarla, pues no consideran, en su totalidad, la participación de estimaciones universales de pensamiento ya en esta etapa societaria. Es decir, la historia basa su instrumento en el material de estudio y no en una exégesis esencial de la conciencia supeditada al hilo entrelazado de las unidades culturales en ese decurso.

Sería correcto afirmar, entonces, que todas las ciencias y artes del género humano han sido inventadas por medio de la imitación, el intelecto y el lenguaje. Además, es necesario generalizar en la idea de que el hombre posee una inmensa capacidad de insatisfacción. Si así no fuese, ¿el tiempo hubiese cansado y agotado la variedad según  regiones, épocas y pueblos sobre la faz de la tierra? De esto se puede inferir que las grandes civilizaciones antiguas comprendieron que sin una especialización del trabajo, nuestra especie seguiría sin conocer el mundo moderno. Por eso, el hombre más actualizado es una fisura condesada de millares de siglos de evolución –Engels, aportando al darvinismo, ya lo explicó en su artículo.

Por otro lado, como apéndice del desarrollo humano, la tradición religiosa es una las predisposiciones del hombre. No hay duda, en primer lugar, que ha sido la religión, y solo ella, la que trajo a los pueblos las primicias de la cultura y la ciencia, más aún, que estas eran en un principio una costumbre de raigambre y admirada por el misticismo que enlaza desde los tiempos genésicos. Fue así que los sacerdotes y sabios de las naciones en sus inicios, gradualmente, dejaron de interpretar los símbolos presentes en la naturaleza para pasar a ser mudos servidores de la idolatría, embaucadores de la superstición.

Tal vez solo así se podrían explicar las ambivalencias ritualísticas del hombre posmoderno donde superstición y fe —que copan muchas mentes— se contrapone al omnímodo pragmatismo gnóstico, que crece tupiendo las teselas que conforman las creencias individuales.  

Pero, ¿qué se debe hacer?

Todo hombre tiene una posición crítica e inherente a sus convicciones, y se siente observado, amenazado y sometido al respeto. Y ese juez interior produce en él una sombra que lo trata de desvelar al ser arbitrariamente objetivo con los demás. Y por eso, al librarse de sí mismo debe, entonces, despedirse de un punto de vista, quedarse ciego. Porque quien haya encontrado el silencio y salido de él con el mismo ojo, aún no ha experimentado cómo se forma el universo. Darwin y Engels apenas nos mostraron una parte.   

*Escritor y poeta.
reyes.cerda@outlook.com

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