Jorge Isaac Bautista Lara
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La escritora chilena, Nobel de literatura, Gabriela Mistral, escribió el poema El placer de servir: “Toda naturaleza es un anhelo de servir/ sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco/ Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú/ donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú/ Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú… Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho/ si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender… Pero no caigas en el error de que solo se hace mérito con los grandes trabajos/ hay pequeños servicios que son buenos servicios/ ordenar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña”. Platicando con un profesor jubilado, que imparte clases en una universidad de prestigio, comentaba que al llegar a su casa, su esposa al verlo cansado del trajín del día, tenía la costumbre de sobarle los pies por la noche. El fin de semana, él le decía a su esposa que ahora le tocaba a él, y procedía a sobárselos en reciprocidad. Costumbre de años.

Me decía que no  encontraba en esto ningún acto de humillación de su esposa ni de su parte, al servirse el uno al otro. Es mi esposa, compañera y madre de mis hijos. Mientras le escuchaba, recordaba algo de la Biblia: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”. (Juan 13: 13-15). En las familias han sido en muchos casos las madres las que más han servido y como efecto, han sido a ellas a quienes más hemos amado.

Pues quienes más sirven, más amamos y quienes al final más nos han llegado a hacer falta. El llamado a servir se advierte, no debe conllevar ni ser el sinónimo de entenderse ni permitir el abuso sobre quienes nos otorgan esa dedicación, tiempo y cariño. En la familia se debe traducir como la forma de amar a la manera del Señor. Algo que enaltece. Es ayudar, sin precio, sin petición de cambio, sin espera de recompensa material. Es voluntad positiva y constructiva en acción. Funciona como paraguas: se abre, cubre y protege. Es abrirlo para cubrir acorde a su uso. Pero si se abre a la inversa, su efecto al abrirse para arriba y quedar invertida, perderá uso y utilidad. No es por ello el servir a costa y precio de humillarnos ni un pretender construir una imagen ante terceros, mientras se nos ve y luego regresar a lo de siempre.

El servicio es por convencimiento, bloque constructor de comunidad: es común unidad. Es servirte y servirme: servirnos. Ese sentido comunitario no debe depender del dinero. Aunque el dinero puede contribuir positivamente en su buen uso. Porque es constructor de armonía. Fuimos creados para vivir en comunidad; nos necesitamos unos a otros y hemos de servirnos los unos a los otros. El sentido comunitario depende de nosotros mismos, de nuestra voluntad de estar con los nuestros. De la voluntad de los nuestros de hacer lo mismo. Siendo servir una relación que se construye horizontal, no vertical.

Su jerarquía será en dos líneas: los que más sirven y los que más requieren ayuda de servicio: enfermos, menores, embarazadas y ancianos. Y es que vivir en comunidad fortalece y protege a pequeños y débiles. Porque es ahí donde nace, crece y desarrolla la paciencia y comprensión entre nosotros. Ayudar dentro del rol de cada uno (en su dinámica) contagia. Al hacerlo nos hace sentir útil, no inferiores. Realizarlo dentro de nuestra pequeña comunidad: la familia, es humano y nos humaniza. Servir invita al trabajo en equipo, al espíritu de equipo. Algo que nos dará una mejor casa, no física sino como hogar. Al que pertenecemos y del que somos parte.

Al servir logramos paz y es de gente feliz. Transforma nuestra misma forma de pensar. Dice Salvador Gómez: “Las personas son para ser amadas; las cosas son para ser usadas”. Es el amor, al final de cuentas, el que invita a servir a los otros sin sentir obligación. Y es con él que servimos a hijos y padres. Y sigue diciendo Salvador que “cuando cambio mi manera de ver a las personas, las personas cambian”. Es triste cuando olvidamos, o bien obviamos, servir dentro de nuestra pequeña comunidad que es la familia. Este profesor jubilado deja títulos y reconocimientos; da una lección y mensaje en la privacidad, para servir y ser servido en su hogar construyendo la comunidad.

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