Jorge Guerra
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Concibo las ideologías de género como parte de una narrativa imaginaria que posee determinadas ideas incuestionables alrededor de las relaciones sociales entre seres humanos y que también interpela a los individuos a través de la desestructuración de su identidad social. La función de la ideología es, por tanto, estructurar identitariamente al individuo. No obstante, las ideologías de género se distinguen de otras por realizar el proceso inverso: desestructurar la identidad y la certidumbre existencial de las personas y sus relaciones de género, para convertirlas en sujetos fragmentados del espacio social (gays, lesbianas, transexuales, entre otros). Al contrario de las teorías científicas, las cuales se mantienen en una refutación constante acerca de sus postulados mediante la comunidad científica y otras disciplinas, las ideologías de género y sus premisas no están sujetas a falsación científica por ninguna comunidad de investigadores, a pesar de que esta proclama la naturaleza líquida de su epistemología.  

En la década de los setenta, la transición de las teorías feministas a las ideologías de género -con importantes influencias de Kate Millet, Jacques Derrida y Michel Foucault- desplazó de manera secundaria a las reivindicaciones materiales (salario, demás prestaciones y seguro social) por las reivindicaciones culturales e identitarias (diversidad sexual, violencia de género, matrimonio, etc.). Eso tuvo notables consecuencias para los movimientos feministas. Por ejemplo, durante este decenio, el feminismo reivindicó la participación de la mujer en el mundo del trabajo por medio de la solidaridad social y la participación política. Con la transformación del capitalismo fordista de producción en serie, el posfordismo integra a la mujer en el ámbito laboral y, de este modo, las ideologías de género son absorbidas dentro del discurso neoliberal de la libre individualidad, la autonomía y el emprendedurismo de las féminas en la flexibilización de los empleos. En este marco, el empoderamiento tradicional del feminismo se transforma en la realidad bajo el nombre de “mujeres empresarias”. Por lo demás, el concepto de “libertad sexual” se concretizó a través de la mercantilización del cuerpo de la mujer por parte del capitalismo consumista.

Así, el hecho de que las reivindicaciones feministas hayan sido integradas por la narrativa del neoliberalismo significa que la resistencia cultural o simbólica dejó un hueco importante en la contienda política en torno al poder del Estado y la economía política. En definitiva, durante los años ochenta y noventa, con las políticas de ajuste estructural de índole neoliberal, el feminismo ideológico trasladó sus pretensiones a problemáticas culturales como la violencia doméstica, las agresiones sexuales o el acoso. Dicho desplazamiento estuvo destinado a tener un carácter finito, puesto que todo intento revolucionario que no analice el metabolismo del mercado (es decir, la producción, la comercialización, la distribución de las mercancías, así como las instituciones de reproducción del capital) está destinado a que su rebeldía termine en ser mercancía del propio mercado capitalista.

Los movimientos feministas, al focalizar sus esfuerzos en políticas identitarias y culturales, no cuestionaron la estructura económica del capitalismo (trabajo-dinero-mercancía-capital). Es por ello que sus requerimientos fueron neutralizados en el abanico de políticas públicas y subsecuentemente reapropiados por la sociedad de mercado. A este respecto, las reivindicaciones particularistas desligadas de los partidos políticos fueron un punto de coincidencia con la política neoliberal de reducción del Estado y la proliferación de los organismos no gubernamentales como parcelas de dominio de la sociedad civil. Esto último justificó la reducción del gasto social y los planes de combate de la pobreza en un momento en que las exigencias materiales eran significativas. 

A partir de lo esbozado en párrafos anteriores, se puede afirmar que es necesario discutir y analizar muchos de los postulados y discursos de tal narrativa, pues el autoritarismo y la despolitización de la contienda política -derivados de este discurso- no han permitido trascender de intereses sectoriales a intereses más amplios que apunten a la reestructuración del espacio social como un todo.

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