Gustavo-Adolfo Vargas *
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Las reacciones en el mundo por el triunfo de Donald Trump son muy diversas, pero casi nunca positivas. Ante la imposibilidad de escribir un análisis, van algunas observaciones dispersas.

El sistema electoral estadounidense trabajó contra Hillary Clinton, quien obtuvo 63.4 millones de votos, contra 61.2 de Trump, o sea 2.2 millones de votos más, pero perdió el colegio electoral a nivel nacional.

Trump en su campaña denunció los tratados de libre comercio (TLC) negociados por las administraciones anteriores. Expresó: “que él anularía o reemplazaría esos acuerdos”.

Un TLC es un acuerdo comercial regional o bilateral para ampliar el mercado de bienes y servicios entre los países participantes de los diferentes continentes o básicamente en todo el mundo. 

Consiste en la eliminación o rebaja sustancial de los aranceles para los bienes entre las partes y acuerdos en materia de servicios. Este se rige por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) o por mutuo acuerdo entre los países.

Un TLC no necesariamente lleva una integración económica, social y política regional. Estos se crearon para fomentar el intercambio comercial, incluyendo cláusulas de política fiscal y presupuestaria, así como el movimiento de personas y organismos políticos comunes.  

El debate acerca del libre comercio se remonta a la era mercantilista, que comenzó en la Europa de siglo XVI, prosiguiendo hasta finales del siglo XVIII. El auge del comercio marítimo holandés e inglés desplazó la riqueza del sur al norte de Europa.

En el siglo XVIII, Adam Smith en su libro “La riqueza de las naciones” insistió en que lo importante no es la riqueza de cada nación, sino la de todas las naciones. Y si se permitía el libre comercio, el mercado crecería continuamente y acabaría enriqueciendo a todos los países.

Actualmente las zonas de libre comercio como la Unión Europea, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean, por sus siglas en inglés) y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés) son la pauta.

Formalmente, un TLC se propone la ampliación de mercado de los participantes, mediante la eliminación de los derechos arancelarios y cargas que afecten a las exportaciones e importaciones. Busca la liberalización en materia comercial y de subsidios a las exportaciones agrícolas, reestructurar las reglas y procedimientos aduaneros que agilicen el paso de mercancías, unificando las normas fitosanitarias y de otra índole. 

El objetivo de la OMC es que los negociadores del Tratado Transatlántico y su contrapunto Transpacífico cumplan paso a paso la instalación de la empresa en el centro de las relaciones sociales como forma universal de gobierno de las conductas, como modo de producción de la existencia individual.

A finales de los años 70, brotó una gran divergencia entre las finalidades de las instituciones que establecen el marco del comercio mundial y los intereses de los pueblos; sufrió una metamorfosis, convirtiendo las sociedades humanas en sociedades por acciones (para los más ricos).

Efectivamente el “Orden Democrático” no ha cumplido sus promesas, renegando de sus principios. El “Orden Mercantil” no tiene principios. Es bien sabido que el ejército de los “lobbies” solo atiende al mandato del dinero. 

Existe una serie de TLC en preparación: Tafta, CETA, TISA, TPP, que a su vez son una serie de acrónimos que componen nuevas Tablas de la Ley comercial que pueden conmocionar el destino de más de mil millones de personas.

Para librarse de las obligaciones de la soberanía popular, del poder estatal; las empresas se reorganizan y se presentan seguidamente como la víctima de una irresistible fuerza exterior. La estructura de intereses estatales y comerciales aparece claramente una vez que se proyecta sobre las relaciones internacionales. 

El TTIP y el TPP dibujan una pinza de cangrejo que agarra firmemente a China; la Administración de Obama hablaba de la asociación transpacífica como si se tratara de un acuerdo comercial global para el siglo XXI. En realidad se trata de la OTAN del siglo XXI, es un pacto económico, más una alianza militar.

Donald Trump tiene como objetivo destruir las democracias neoliberales y la globalización, pero  aunque él quiera no puede, pues el Establishment no lo dejaría. 

Diplomático, Jurista y Politólogo. 

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