Rafael Lucio Gil *
  •   Managua, Nicaragua  |
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Todo el país, de alguna manera, es atravesado en sus poros por la educación. De buena o de mala calidad, abre o cierra la posibilidad de un desarrollo auténtico. La educación cruza el espectro cultural del país, su complejidad multiétnica y multicultural. 

La educación hace posible que cada nicaragüense se construya a sí mismo como persona. No para sí, sino para los demás. En relación e interacción con los demás. Esta doble dimensión hace que la persona no se agote en una perspectiva utilitarista ni funcional.

Todas las venas de la realidad nacional nos remiten a la educación, como un déficit o como factor clave, en relación con la familia, la sociedad, la vida política, el gobierno, el estado, la sociedad, en fin, todas las venas de la especificidad del país.

Aun siendo esto cierto, pareciera que el país no ha tomado conciencia práctica del poder de la educación. Ciertamente la invocamos y culpamos de todo lo que está pasando. En el discurso político, social y empresarial, con mucha razón se alude a la educación como salvadora del país, del desarrollo humano y los valores.  Es el imaginario social por excelencia. La fuerza todopoderosa que pareciera darnos confianza en el futuro. Esta proclama permanente en el discurso, ve en la educación la clave para resolver los problemas que nos aquejan como país. 

Pero a la vista la pregunta: ¿Por qué razón, aun cuando reconocemos su fuerza todopoderosa, en la práctica nada hacemos para transformarla, quedando como cómplices del “desarrollo del subdesarrollo”? Solo algunos ejemplos que evidencian esta grave contradicción:

Creemos que la educación no es un gasto a soportar sino la mejor inversión para el desarrollo personal y humano sostenible. Pero, mientras el desarrollo económico se ha incrementado significativamente, ¿cómo entender que el porcentaje del PIB de educación esté disminuyendo a menos del 3%? Aplaudimos que la educación sea un derecho humano, pero la matrícula real se deprime cada año, y no se cumplen los acuerdos internacionales pasados ni se toman en serio las metas 2030.

Abogamos por una educación que desarrolle capacidades de pensamiento, juicio crítico, autónomo, pero se enseña a repetir y obedecer, a recibir orientaciones, a no educarse en y para la libertad; ni se facilita la construcción de identidad, autonomía y ciudadanía. Las Pruebas Serce y Terce de Unesco, y de ingreso a la educación superior, reiteran resultados deficientes.

Todo habla de la urgencia de mejorar la preparación y reconocimiento del magisterio para mejorar la calidad educativa. En contraste, su salario no compensa la mitad de la canasta básica y sus programas de formación inicial, permanente y posgraduada carecen de calidad.

La sociedad sabe que la educación superior debe aportar profesionales e investigadores para el desarrollo; critica la creación sin control de centros que gradúan profesionales sin calidad ni empleabilidad, lo que se perpetúa en el tiempo, sin que las instituciones responsables busquen soluciones.

La sociedad reconoce que la educación debiera conformar un sistema articulado, un continuum, no islotes desarticulados en sí mismos y con el desarrollo del país; que debe ser descentralizada para fortalecer responsabilidades y toma de decisiones, cooperación e iniciativa de dirigentes y actores; que ello daría flexibilidad, fortaleza, unidad en la diversidad y sentido de pertinencia y pertenencia. Pero la educación real espera recibir decisiones y orientaciones del centro, castiga la iniciativa, la creatividad y diversidad de ideas y posturas; exige pensamiento único que politiza, no educa, enseña a obedecer y no a decidir con libertad.

Sabemos que los primeros grados son claves para que niños y niñas tenga éxito y calidad en su desempeño y promoción, venciendo el abandono escolar y secando la fuente del analfabetismo y la pobreza. En contraste se perpetúa la baja calidad docente, la pobre fluidez y comprensión lectora, amenazando, así, el fracaso escolar en la ruta educativa y profesional futura.

La sociedad reclama la importancia de los valores, la transparencia y responsabilidad gubernamental y ciudadana con la democracia, ante una educación infructuosa y postiza; y frente a un panorama electoral fruto de un proceso de graves disonancias en transparencia, valores  y cumplimiento de la ley. Ante esto, la formación en valores en la educación es estereotipada, formal, acuerpada por la complicidad de un currículum oculto negativo en la escuela, instituciones públicas y medios de comunicación. 

Pareciera que el país estuviera desarrollando una bipolaridad ética y cultural, viviendo dos mundos contradictorios, el del discurso y el la práctica. La fe en la educación que profesamos a diario nos convoca a todos a no retardar más un compromiso militante con la transformación de la educación. Nicaragua lo agradecerá.

PhD, Ideuca.

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