Orlando López-Selva
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Con el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y la proyección de otros candidatos conservadores con mayores posibilidades de alcanzar el poder en Europa, se está afianzando una tendencia política. 

Conservadores o de derecha. No importan los adjetivos. 

¿Confirma esto los ciclos del poder? ¿Refleja las  oscilantes elecciones de los pueblos?

Nadie debería espantarse --de derecha o izquierda--, cuando vence el adversario. ¿Por qué?

Es natural que del espectro ideológico surja cualquier  posibilidad, por muy extrema que fuere.

El mundo no será perfecto si los asuntos públicos se manejan bajo una sola óptica ideológica. Es antinatural. Al contrario, todos pensamos distinto. Deben existir diversas opciones.

Que los adversarios políticos tomen el poder y hagan las cosas a su manera es bueno. Es políticamente saludable. Ello demuestra que el poder debe, frecuentemente, cambiar de manos; que el producto final pase por diversos tamices; y que los electores tomen decisiones racionales, con base en antecedentes, expectativas, gustos o experimentación.

En Latinoamérica, con el ascenso de Macri a la presidencia argentina, Kuczynski en Perú y la pérdida de popularidad del Partido del Trabajo (PT) en Brasil se confirma la inclinación electoral hacia esa corriente conservadora global.

La alternabilidad en el poder mejora la calidad de la democracia, pues busca soluciones desde ángulos distintos. Previene dictaduras; es sabio. 

En las democracias occidentales liberales, el republicanismo ha creado mecanismos que evitan la concentración total del poder en unas pocas manos o en un solo partido.  

Solo cuando un jefe de gobierno negocia y transa con adversarios --usualmente legisladores opositores--, y llega a resultados que todos aceptan como válidos, legítimos, legales, es que los políticos sí muestran destrezas para tal arte. De otra manera, no hay habilidades de liderazgo. 

No es cuestión de concentrar todo el poder y jactanciosamente decir: “se hace todo como yo digo”. Esa es pedantería dictatorial. El liderazgo debe saber persuadir y convencer al adversario de que hay algo o mucho de bueno en lo propuesto, y viceversa.

El método político es un arte que nos permite lograr que lo difícil, sea posible, cediendo hasta alcanzar el interés común.

Si no hay logros difíciles o barreras que se superen, entonces no hay triunfos, no hay gloria. La grandeza resulta de superar  obstáculos.

Una situación tal, por ejemplo, pondría al presidente venezolano en un pedestal, sabiendo que no cuenta con el apoyo de la Asamblea, controlada por la oposición. Y si Maduro no ha sabido sacarle provecho, en condiciones adversas, su liderazgo es cuestionable.

Cuando Augusto Pinochet manejó autoritariamente el gobierno chileno (1973-1990), tuvo logros económicos extraordinarios: encaminó la economía hacia el máximo desarrollo sostenido. Pero todo lo hizo sin oposición. O aún peor, ¿a qué precio en términos de derechos humanos? En fin, sin mérito político.

Igual sucede en Cuba. Todo lo hecho ahí no le cuesta nada al único partido gobernante. En su Asamblea Nacional nadie se opone y refuta; nadie contraría los dictados gubernamentales. En La Habana, el partido comunista tiene poderes absolutos. Entonces, ¿contra quiénes se enfrentan? ¿Quién los puede cuestionar públicamente si no hay opositores o medios de comunicación independientes que ventilen los errores o atropellos gubernamentales?

Todo juego político implica adversarios. ¡Los cubanos juegan al solo-yo-impongo! 

En Estados Unidos, ahora que los republicanos van a tomar el poder, casi total: el Senado, la Cámara de Representantes y Ejecutivo, ciertamente, les resultará menos difícil gobernar. Pero no implica que los adversarios minoritarios o los ciudadanos en general no puedan impugnar leyes, cabildear, protestar públicamente --protegidos constitucionalmente--, para contrabalancear a la mayoría republicana.

El filósofo y cuarto presidente norteamericano (1809-1817) James Madison advertía del peligro de la Tiranía de las Mayorías.

Por ello existen mecanismos que la democracia liberal provee: frenos y contrapesos, para evitar abusos de poder de las autoridades. 

Ello hace que los ciudadanos no vivan temerosos de que cuando tome el poder el que piensa distinto, haya que salir corriendo, despavoridos, porque los nuevos mandatarios son unos monstruos.

Lo acertado es que la democracia distribuye el poder y protege a las minorías para que dispongan de mecanismos legales de impugnación y amparo.

Cuando las autoridades cumplen lo que dice la ley o los principios constitucionales, no existe el miedo ciudadano a perderlo todo, ser confiscado, irse al exilio, caer preso o ser apedreado por manifestarse públicamente. 

Esos temores son más pronunciados en países desapegados al Estado de Derecho e irrespetuosos de las libertades ciudadanas, y el pluralismo político. 

¿Por qué no podemos nosotros implantar esas buenas prácticas?

 

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