Adolfo Miranda Sáenz
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Si consideramos como democrático un sistema electoral en el que los gobernantes son electos por la mayoría de votos de los ciudadanos, el sistema de EE. UU. no es democrático. Quien gana la mayoría de votos no resulta necesariamente como el “presidente electo”. Sucedió con Al Gore vs. Bush hijo y ahora Clinton vs. Trump. Clinton obtuvo 947,579 votos más que Trump (Associated Press 16/Nov/2016).

En EE. UU. no se vota directamente por el presidente, sino por miembros de un colegio electoral. Los candidatos al colegio electoral por cada estado van en la boleta bajo el nombre del candidato presidencial por el cual esos electores votarán. El sistema sería correcto si en cada estado se eligiera un número de electores proporcional a su población, pero no es así. Por ejemplo, Wyoming tiene 500,000 habitantes y 3 votos electorales, o sea que cada voto electoral representa 166,000 habitantes; en cambio California tiene 34 millones de habitantes y 55 votos electorales, o sea que cada voto electoral representa a 600,000 habitantes. De esa manera el voto de un ciudadano de California vale 4 veces menos que el de un ciudadano de Wyoming. Es decir, no todos los “ciudadanos americanos” son iguales, pues el voto de unos vale más que el de otros. Peor todavía, los votos electorales de cada estado no se distribuyen proporcionalmente según los votos populares que obtiene cada candidato presidencial, sino que —exceptuando Maine y Nebraska— el que obtiene más votos populares se lleva todos los votos electorales del estado.

Ese sistema pudo servir al inicio de EE. UU. por la fragilidad de su federación, pero eso fue hace siglos. Los Estados Unidos Mexicanos y la República Federativa de Brasil son igualmente federaciones, y el voto para presidente es directo e igual para todos sus ciudadanos. En países cuya unidad es más frágil que la de EE. UU., como España y el Reino Unido, los votos de los ciudadanos valen todos iguales. Para elegir su “colegio electoral” —en estos casos el parlamento— que elige al presidente de España o al primer ministro del Reino Unido, se hace guardando la proporcionalidad. Vale lo mismo el voto del ciudadano catalán que el del castellano, y el del escocés que el del inglés. Todos los ciudadanos son iguales, pues su voto cuenta igual.

Pero además, el Congreso de EE. UU. no representa democráticamente a su pueblo porque la Cámara de Representantes (diputados) tiene 435 miembros, que representan “distritos congresales” que se crearon considerando un distrito por cada 30,000 habitantes, según la Reapportionment Act de 1929. Pero en 1929 (hace 87 años) EE. UU. tenía 130 millones de habitantes y ahora tiene 330 millones, se han triplicado y redistribuido; unos distritos hoy están despoblados y otros superpoblados. Cada diputado no representa al mismo número de ciudadanos. Peor es el caso de los senadores que son 100 en total, 2 por cada estado. A Nueva York con 20 millones de habitantes lo representa un senador por cada 10 millones, mientras que a Vermont con 600,000 habitantes lo representa  un senador por cada 300,000. En el Senado, el voto de un senador que representa a 10 millones vale lo mismo que el de otro que representa a 600,000. Esa desproporción no se da en las prestigiosas democracias de Europa, Canadá o Australia, por ejemplo. 

Que este sistema tenga muchísimo tiempo de funcionar así y que los ciudadanos de EE. UU. se han sometido a esas “reglas del juego” no significa que sea bueno ni democrático. Menos considerarlo “un modelo de democracia”. En EE. UU. no todos lo aceptan y hay voces de protesta cada vez más fuertes contra un sistema electoral que no refleja la verdadera voluntad popular, ni sostiene realmente a una “democracia representativa”. 

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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