Leonel Téller
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La elección presidencial en los Estados Unidos, ciertamente, fue atípica por el lenguaje, las amenazas, los adjetivos calificativos que los candidatos que participaron en esta promovieron. Por un lado, vimos a Hillary Clinton, una candidata ideológica fogueada al más alto nivel, posición que le permitió conocer los rincones más secretos e inimaginables de la nomenclatura del poder económico y político que representan el “core” de donde emana el verdadero poder de esa potencia y del cual ella y su esposo fueron parte. 

Por el otro lado, un magnate que ha sabido usar su poder económico para codearse con los más ricos, famosos y poderosos del globo, y lo único que le hacía falta a sus 70 años de edad era ser presidente, y para lograrlo Donald Trump supo estratégicamente capitalizar el sentimiento antimigración, antimulticultural, antisistema que el anglosajón, de alguna manera, siente y resiente debido a que muchos de estos programas son diseñados para ayudar a las “minorías” en áreas sensibles como salud, educación, financiamiento para la pequeña y mediana empresa y otros. 

Trump logró llegarle al “core” de los anglosajones que salieron a votar masivamente para rescatar, lo que según ellos, su país ha dejado de ser; por ende, la motivación de este electorado fue rescatar su país y reconvertirlo en lo que tradicionalmente ellos consideran que Estados Unidos debe volver a ser. El resto es historia. Ya los análisis del porqué se ganó o se perdió son irrelevantes para efectos prácticos de lo que viene. 

Trump no tiene excusas, ya es el presidente electo, su partido, aunque él viene de afuera de las estructuras partidarias, tiene la mayoría en las dos cámaras del Congreso y ahora su electorado espera que haga realidad lo que prometió. La gran pregunta entonces es: ¿podrá el nuevo presidente cumplir sus promesas? Está por verse. 

Revisemos el tema de la migración: diferente a lo que Trump dijo en la campaña, que deportaría “11 millones” de inmigrantes, ahora redujo el número a “2 o 3 millones” de inmigrantes ilegales con récord criminal; sin embargo, las estadísticas no cuadran con los números, ya que estas indican que son alrededor de 900,000 los ilegales que han cometido delitos. Por otro lado, varios alcaldes, gobernadores y el propio presidente de la Cámara Baja, Paul Ryan, han asegurado que en Estados Unidos no se creará una fuerza especial para las deportaciones, contradiciendo lo que el presidente electo dijo que se haría.   

En relación con los tratados de libre comercio, lo que hasta hoy se conoce desde adentro del equipo de transición es que el nuevo gobierno trabajará alrededor de los siguientes ejes: (1) no retirarse o renegociar Nafta; (2) cambiar o salirse del acuerdo comercial conocido como Trans-Pacific Partnership (TPP); (3) terminar con las prácticas comerciales desleales y desventajosas que perjudican la economía y eliminan trabajos; (4) buscar nuevos acuerdos comerciales ventajosos para generar empleo y mejorar la economía; (5) es muy improbable que se toque el DR-Cafta, dado que las exportaciones de la región consisten mayoritariamente en productos con un bajo valor agregado y cambiarlo no tendría un mayor impacto en la generación de empleo ni en la economía, y por otro lado, el tema de la inmigración ilegal de la región tiene un mayor peso, ya que eliminar privilegios de este acuerdo representaría una mayor migración que al final sería más costoso que ventajoso.   

En materia de seguridad y migración con Centroamérica, no hay indicios de que Trump esté pensando en eliminar (1) los acuerdos bilaterales para el combate al crimen internacional organizado y la migración ilegal ni (2) el Plan de la Alianza para la Prosperidad con el Triángulo del Norte, siempre y cuando los países de la región continúen cooperando con las diferentes agencias, y con el Comando Sur, con resultados satisfactorios.  

Sobre la iniciativa de ley Nica Act, que ya fue aprobada por unanimidad en la Cámara Baja y ahora se encuentra en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, cuyo presidente fue nombrado el viernes pasado para el cargo de procurador general, aún no sabemos si en la política exterior de Trump y su equipo prevalecerá el pragmatismo para entenderse y trabajar con la región o si prevalecerán los criterios tradicionales de la política exterior estadounidenses. Mucho dependerá también de lo que haga y deje de hacer Nicaragua sobre los temas que motivaron dicha iniciativa.  
El equipo clave de seguridad e inteligencia que hasta hoy ha nombrado Trump es línea dura y de la nomenclatura republicana y militar con mucha experiencia, pero ellos tienen otras prioridades como es el combate contra el terrorismo, asegurar sus fronteras y en otras partes del mundo como Siria, Rusia, China, Irán, Irak, Corea del Norte, OTAN, entre otros. 

*El autor es socio/asesor de una firma de cabildeo en Washington D.C.

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