Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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Bajo el sello editorial del Poder Judicial de Nicaragua, Jorge Eduardo Arellano ha publicado el libro Indagaciones rubendarianas (2016), una selección de estudios y ensayos relativamente breves acerca de la obra literaria y la proyección humana del clásico escritor nicaragüense. Al leerlos he tenido la impresión de que son los más recientes entre su extensísimo acervo de textos e investigaciones dedicadas a Rubén Darío, cuya enumeración completa en este artículo implicaría quedarme sin espacio.

El libro está dividido en cinco capítulos. En el primero aborda el conocido paralelo histórico-literario eventualmente establecido entre la figura de Darío y la del prócer cubano José Martí. Entre el eco de otros autores que así lo reconocen y lo califican, Arellano llama a Martí superhombre suicida, y aunque reconoce las dimensiones de su obra literaria lo sitúa en la proyección de su vida que más peso tiene ante la historia: la del político consagrado a la “religión del patriotismo”.

Respondiendo a cierta tendencia a deprimir la figura de Darío frente a la del cubano, Arellano muestra la obvia desproporción que en el plano estrictamente literario existe entre ambos: revela no solo a un Darío poéticamente más prolijo, sino más profundo, con una obra probablemente más transformadora y emancipadora, tanto en verso como en prosa. El siguiente texto es un exhaustivo análisis de las influencias en Darío de los grandes autores franceses del siglo XIX, y de su entusiasmo (en una atmósfera prebélica) por la Francia misma, con todo lo que para América y Europa eso habría de significar.

Luego sigue un examen del contexto y de lo que implicó para la historia de la literatura la publicación de Azul… y su condición emblemática; un examen concentrado sin embargo en la primera edición, que vio luz en la Tipografía Excélsior de Valparaíso, Chile, en julio de 1888, y obviando por circunscripción temática las siguientes ediciones ampliadas, tanto la guatemalteca (1890) como la argentina (1905).

Como el primero de los tres libros cumbres del modernismo (junto a Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza), Arellano subraya la pionera trascendencia internacional de Azul…, así como el origen chileno de muchos de sus textos, que patentizan su condición de “luchador por la vida”.

Finalmente examina su contexto histórico y su contenido, en el que, pese a que predomina un ambiente de ensueño, con temas y motivos mitológicos, sobresalen textos realistas en los que se denuncia la injusticia social, y cuyos ejes temáticos redundan en la condición y la naturaleza del artista en la sociedad burguesa.

Se incluye también un ensayo sobre Darío y sus raíces mestizas, que discurre con detalle y propiedad bibliográfica acerca del descubrimiento, exploración y constante redescubrimiento integral del propio Darío respecto a su más entrañable origen cultural, es decir, su identidad mestiza o indoafroiberoamericana, como diría Carlos Fuentes. Le sigue un ensayo más concentrado en “la negritud”, no tanto del propio Darío como parte de su autointerpretación identitaria, sino como una constante inquietud indagatoria, eventualmente oscilante y aparentemente contradictoria, frente a las crisis de alteridad que han suscitado las diferencias raciales en la historia de la humanidad.

Después vienen dos textos importantes. Uno breve sobre las incursiones de Darío y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo en los temas y atmósferas orientales, especialmente del Japón, y otro más amplio y esclarecedor acerca de los constantes abordajes y alusiones darianas a la vida y obra de Miguel de Cervantes. Luego tres semblanzas biográficas, una de ellas detenida minuciosamente en la influencia inicial, desde su infancia, de los jesuitas, así como en su fructífera prolongación a lo largo de su vida; algo que Darío mismo no dejaría de reconocer y aludir en muchos textos, como lo documenta bien este ensayo.

El último capítulo contiene cuatro ensayos: uno acerca de la relación de Darío con el poeta español Antonio Machado; otro que completa una lista de bibliografías rubendarianas y viene precedido de un texto de importancia más histórica sobre la variable aunque coherente actitud de Darío ante los Estados Unidos; y el primero del capítulo que inútilmente me tienta ahora a detenerme en digresiones acerca del novelista que supuestamente intentó y ciertamente no pudo ser Rubén Darío.

Pero antes está el capítulo para mí más interesante: los análisis de poemas darianos. Arellano aborda cinco: “Marcha triunfal”, cuyas circunstancias revalora examinando sus estancias argentinas, y que aunque lejano en tiempo de factura está emparentado con el postrero “Canto a la Argentina”; “A Roosevelt” y “Salutación al águila”, que analiza en combo, y “Lo fatal”. Sobre este último poema extraordinario habré de detenerme en un próximo artículo sobre un reciente libro de Ricardo Llopesa, quien también examina con minuciosidad los versos darianos que cambiaron la poesía.

* Escritor y periodista.

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