Jorge Eduardo Arellano
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Roberto Sánchez Ramírez (1940-2016) escribió múltiples reportajes sobre aspectos interesantes y protagonistas de nuestra historia. Pero a la capital de Nicaragua, de la que fue su cronista oficial, le dedicó dos obras: El Cementerio San Pedro / La resurrección del recuerdo (2004) y El recuerdo de Managua en la memoria de un poblano (2008). Esta, constando de 32 reportajes, es la más importante y ha sido reeditada. Pero la primera posee también su importancia, pues su autor identificó 782 tumbas y 159 restos con sus nombres y apellidos del primer cementerio del país, reglamentado en 1875 y clausurado en 1922.

Para Aldo Díaz Lacayo, el valor de esta investigación radica en haber rescatado “la fugaz, olvidada y hoy día virtualmente desparecida oligarquía managüense, a través de la historia y personajes sepultados en el Cementerio San Pedro de Managua”. Yo puntualizaría que dicho rescate no se limita a las familias fundadoras de Managua, cuyo primer relato, brevísimo, conciso y escrito con deliberada intención genealógica se le debe a Helena Díaz Recinos de Solórzano, hija del poeta y general José del Carmen Díaz Reñazco (1835-1892).

Roberto igualmente se empeña en el rescate de inmigrantes europeos, sobre todo alemanes e italianos. Arraigados en Managua, sus restos fueron sepultados en San Pedro, la mayoría en el llamado “cementerio de los extranjeros”, en terrenos adquiridos en 1875 por don Julio Bahlke e inaugurado el 5 de enero de 1885, pero que se usaba diez años atrás. En el capítulo “Dos inmigrantes de grata recordación”, destaca los aportes materiales e intelectuales del alemán Enrique E. Gottel (1831-1875), periodista y empresario progresista; y del italiano Fabio Carnevalini (1829-1896), garibaldino y asimismo periodista.

En otro capítulo traza semblanzas de cuatro combatientes de la Batalla de San Jacinto. En primer lugar, del general Francisco de Dios Avilés (+31 de agosto, 1887), alias “Don Chico el Palo”, uno de los personajes más populares y respetados de la capital, progenitor con su esposa, doña Salvadora Santamaría, de las importantes familias Rivas-Avilés, Córdoba-Rivas, Frixione-Saravia, Díaz-Lacayo, entre otras. Luego de tres generales más: Andrés Zamora (+10 de octubre, 1888), Miguel Vélez Morazán (+31 de julio, 1898) y Vicente Vigil Bermudez (+15 de mayo, 1899).

No podían faltar semblanzas de los “Alcaldes y personajes de Managua”, título de otro capítulo. Entre los primeros sobresalieron el comerciante José Ángel Robleto Mora (1841-1916), de origen guatemalteco, casado con una nieta del presidente Fernando Guzmán (1812-1891), el caficultor José del Carmen Bengoechea (1846-1921), uno de los impulsores del primer hospital; y Samuel Portocarrero Cardenal (1882-1916), oriundo de León, que inició la construcción del parque Darío y concluyó el de San Antonio. Entre los segundos resulta inevitable citar al maestro Gabriel Morales Largaespada (1819-1888), forjador de generaciones; al sacerdote Abelardo Obregón (+1901) y al filántropo Zacarías Guerra Rivas (1859-1914).

Roberto Sánchez Ramírez otorga su debida importancia al general José Santos Zelaya López (1853-1919), presidente de Nicaragua entre 1894 y 1909; y a sus colaboradores, todos prominentes liberales: el ideólogo e historiador José Dolores Gámez (1851-1918), el abogado y literato Manuel Coronel Matus (1862-1910) y el diplomático y también abogado Adolfo Altamirano Castillo (1871-1906). Escuetamente registrados, figuran también los descendientes de las familias Avilés-Santamaría, Blen-Muñoz, Carnevalini-Lena, Coronel-Urtecho, Gámez-Umaña, Reñazco-Rivas y Rosales-Cabezas. Además, se anexa un “Árbol genealógico especial: el de la familia Rivas-Gutiérrez, procreada por Deogracias Rivas Morales (1870-1968), acaso el último y más representativo managua autóctono.

En 1978 Pedro Rafael Gutiérrez consideró que el Cementerio San Pedro habría que declararlo “Monumento Nacional”.

Por algo había sido el principal del país. El mandatario Fernando Guzmán le realizó mejoras; don Vicente Quadra presidió el funeral de Enrique Gottel el 12 de enero de 1875; el 30 de noviembre del mismo año, don Pedro Joaquín Chamorro firmaba su Reglamento, haciéndose eco de la prohibición de las inhumaciones en los templos.

El 12 de noviembre de 1991 el Concejo de la capital declaró el cementerio San Pedro Patrimonio Histórico del municipio de Managua. En julio de 2001 Sánchez Ramírez inició sus investigaciones in situ, verificando los “Libros de Registros de Defunciones”, conservados en la Alcaldía. En 2003 la rehabilitación del cementerio fue incluida en el presupuesto edilicio, al que suma otro ordenado por el presidente ingeniero Enrique Bolaños Geyer, quien lo declaró Patrimonio Histórico de la Nación, mediante decreto del 12 de abril de 2003.

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