Jeffrey McCrary, Ph.D.
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Tuve la buena fortuna de estar en la compañía de Fidel Castro en una media docena de ocasiones, hace más de veinticinco años, acompañando siempre a uno u otro de dos pastores bautistas, el cubano Raúl Suárez o el norteamericano Lucius Walker. Al conocerse en Nicaragua, Lucius y Raúl habían decidido lanzar una campaña de intercambio entre los cristianos norteamericanos y los cubanos, lo que significaba organizar un tipo de peregrinaje a Cuba de parte de norteamericanos. Fui parte de los primeros viajes organizados por ellos.

Vi por primera vez a Fidel de cerca, durante un culto de la iglesia Bautista Ebenezer, en la Habana. En un país y en un momento en los cuales ser cristiano de confesión e asistir a la iglesia, de cualquier religión o denominación, no era bien visto entre los vecinos, me impresionaba como Fidel hizo su entrada, saludó y hasta predicó en su manera que era muy de Fidel. Él ocupaba de los elementos de fe cristiana, para dar un resumen abreviado de la historia de la Iglesia en la opresión de algunos hombres sobre los otros, de las injusticias no reclamadas y silencio de la Iglesia frente al mal. Desde el púlpito, Fidel llamó a la congregación a usar la Iglesia para hacer el mundo más justo y no para justificar lo injustificable en el mundo.

Las cosas que Fidel dijo aquella noche, nunca olvidé, porque pocas veces es tan franco un clérigo ante sus devotos. Pero mejor recuerdo dos impresiones de esta primera vez de estar cerca de él, las que fueron confirmadas durante otros encuentros. Fidel no tuvo ningún miedo. Es decir, los miedos de nosotros demás no le afectaban. Sin duda, él vivía con la expectativa que un agente o tonto útil del imperio, en cualquier momento, le fulmine. Una noche, el aniversario de su llegada a Cuba en el Granma, por ejemplo, vi a Fidel recordar en voz alta sus hazañas, con detalles y lleno de fulgor, toda la noche, con un pequeño grupo de personas. En ese recuento, se anotó que Fidel supo que el su saldo de vida ya entró, en términos de futbolista, en el período de muerte súbita. Fidel vivía con la muerte violenta, o peores desgracias, siempre al otro lado de la puerta.

La otra impresión es que Fidel creía firmemente en lo que hacía. Entre sus temas principales siempre estuvo el embargo de Estados Unidos contra Cuba, en todas las dimensiones. En turno, el embargo significaba para él, una jugada geopolítica; en otro, un pecado contra el cubano común y corriente que sufre por falta de acceso a medicina bajo el control de empresas norteamericanas; más tarde, una necesidad de vigilar contra actos terroristas cometidas por los norteamericanos y sus servidores como Luis Posada Carriles; y luego, Fidel apreció, por la influencia de Raúl Suárez, el dolor de y presión moral sobre la familia que sucede cuando un cubano migra a Estados Unidos.

La política internacional es compleja y que la vida del cubano común y corriente es complicada. Sin embargo, como todos que han visitado a la isla saben, Cuba tiene algo por la revolución que falta en otros países, en algunos aspectos medibles, en otros no. La mística de ser cubano es palpable y es producto de la revolución que es en gran parte de Fidel, quien ha brillado siempre ante los politiqueros que mercadean el odio desde Miami.

Por cierto, los cubanos han pagado cierto precio para ver a su país escrito en todos los libros de historia. Este precio, si el mundo fuera realmente justo, debe ser costeado por los demás ciudadanos de países grandes y pequeños, por haber aprendido de Fidel y de Cuba que Goliat no siempre gana a David en la vida real. Gracias a Fidel, las aperturas internas dentro de y entre los países son más amplias, particularmente hacia la autodeterminación, los temas sociales y el rechazo al fascismo y todos sus hijos ideológicos. Después de tantos años de aislamiento entre Cuba y prácticamente toda América, uno por uno los países han aceptado el derecho de Cuba de tomar su camino, sobre la imposición del Gobierno de Estados Unidos. Y ahora, el Gobierno de Estados Unidos también ha comenzado a reconocer que los cubanos y no ellos deben determinar el camino de Cuba.

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