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Fidel Castro fue, durante seis décadas, la figura principal de la revolución cubana y de la izquierda latinoamericana; el ideólogo y el inspirador de los movimientos que en el continente siguieron los pasos de los guerrilleros barbudos que tumbaron el régimen de Fulgencio Batista en 1959. Por eso, al morir Fidel, una pregunta recorre el mundo: ¿Qué será de Cuba sin su líder principal?

Los últimos años los vivió retirado formalmente de las funciones de gobierno, por enfermedad, y en ocasiones publicaba escritos en el periódico Granma sobre temas relevantes de la isla y de sus relaciones con el mundo, en especial con Estados Unidos, sentando su posición. Fidel Castro estaba en contra de la globalización, a la que consideraba “la más desvergonzada recolonización del tercer mundo”, e insistía siempre en que “nadie se engañe, somos un país socialista (Cuba) y seguiremos siendo socialistas”.

Sin embargo, un cambio importante ocurrió en Cuba el 17 de diciembre de 2014, cuando los gobiernos de La Habana y Washington se dieron la mano después de medio siglo de enemistad. El mundo se sorprendió tanto ese día como este 25 de noviembre, cuando se supo la noticia de la muerte de Fidel y muchos coincidieron en que así finalizaba una era importante de la historia.

Cuando su hermano Raúl Castro asumió la presidencia de Cuba en 2008, algunos analistas decían que se acercaban cambios en el sistema de gobierno en la isla porque Raúl era más pragmático que Fidel. Pero en la práctica se ha visto que los cambios ocurridos en Cuba, poco a poco, obedecen más a necesidades reales de la sociedad en general que a voluntades políticas o concepciones ideológicas. El reencuentro con Estados Unidos, por ejemplo, lo motivaron razones económicas muy claras; la isla no podía seguir aislada, sumida en el atraso, teniendo a pocas millas a su socio natural más importante, la nación norteamericana.

Fidel murió sin haber visto la caída del embargo económico estadounidense contra la isla, un hecho que de ocurrir, podría, si genera una apertura democrática, conllevar a una mejoría económica y social a los cubanos de la isla.

Para sus admiradores, Fidel Castro seguirá siendo más que un líder; perdurará como un símbolo de las luchas sociales y políticas del siglo XX. Para los demás, será el fundador de la dictadura dinástica más longeva de América, que aisló a Cuba del resto del mundo y sometió al pueblo cubano a penurias económicas innecesarias.

Lo que pase a partir de ahora en Cuba, donde la sociedad presiona por cambios políticos, sociales y económicos, depende tanto de La Habana como de Washington, de cómo los líderes cubanos y los gobernantes estadounidenses consiguen avances mayores en las relaciones reabiertas hace dos años, quitando obstáculos al comercio y a la cooperación entre ambas naciones.  De la política de Donald Trump dependerá en parte el futuro de Cuba.

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