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A veces son inevitables los daños a la infraestructura, cuando suceden fenómenos naturales, pero podemos evitar la muerte de personas si tomamos las acciones de prevención adecuadas. Es probable que algunos ciudadanos consideren innecesarios los simulacros de desastres y las constantes orientaciones en ese sentido, aunque los hechos muestran que eso ayuda a preservar vidas en momentos cruciales.

Lo acabamos de ver con la irrupción en Nicaragua del huracán Otto. Ninguna muerte hubo en el país por esa causa. Por un milagro o por razones meteorológicas, el ciclón giró hacia el sur cuando se acercaba a la costa caribeña nicaragüense y entró por una zona boscosa, la Reserva Indio Maíz, en vez de golpear de frente a la ciudad de Bluefields, la más poblada del litoral.

Sin embargo, varias comunidades quedaron bajo la furia de Otto, incluyendo el puerto de San Juan de Nicaragua, en la desembocadura del río San Juan, donde causó inundaciones y derribó árboles y casas, y ninguna vida se perdió. Distinta y muy lamentable fue la situación en Costa Rica y Panamá, donde se registran al menos 18 personas muertas y algunos desaparecidos debido a este huracán.

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Aunque el comportamiento y los efectos de un fenómeno natural como este son impredecibles, las acciones de prevención y atención, antes y durante la emergencia, son determinantes para reducir la cantidad de víctimas humanas o evitarlas por completo; y en esto la población de Nicaragua ya reúne varias experiencias de las que ha extraído lecciones importantes.

En 1972, cuando un terremoto destruyó Managua, ninguna institución promovía los ejercicios de evacuación y protección, esos que hoy son frecuentes en barrios y empresas. Dos años después, en 1974, el huracán Fifí se paseó por Centroamérica y parte de Nicaragua volvió a sufrir los efectos destructivos de la naturaleza.

En 1988, el violento huracán Juana, categoría 4, pasó sobre Bluefields arrasando casas y árboles, pero la mayoría de la población pudo protegerse en refugios preparados con anticipación.

Una década más tarde, en 1998, apareció otro gran destructor, el huracán Mitch, encontrando desprevenido al país; se estacionó cerca de Cabo Gracias a Dios y durante una semana lanzó lluvias incesables, arrastró puentes y caseríos y dejó miles de víctimas, la mayoría en las faldas del volcán Casita, donde una corriente de lodo sepultó a varias comunidades.

¿Qué ha sido diferente en esta última emergencia? Los planes de prevención han funcionado mejor. Instituciones del Estado, entes no gubernamentales como la Cruz Roja y los bomberos voluntarios, organizaciones civiles y comunidades han mostrado más destrezas en el manejo de las emergencias, enfocados en salvar vidas.

El jueves 24 de noviembre, la sociedad nicaragüense tuvo una prueba doble: El huracán Otto y un fuerte sismo que sorprendió al país al mediodía. Cuarenta minutos después de la entrada del huracán por la costa caribeña, la región del Pacífico fue sacudida por el temblor de magnitud 7 en la escala de Richter, un terremoto. La alerta de tsunami fue inmediata y poco después la declaratoria de emergencia nacional, dando inicio a la evacuación de al menos 6 poblaciones situadas a la orilla del mar.

Ninguna entidad lanzó alertas en septiembre de 1992, cuando Nicaragua sufrió un tsunami en su costa del Pacífico y cientos de personas murieron por la violencia del mar. Pero desde entonces las alertas y los mecanismos de evacuación han sido afinados y funcionan mejor cada vez que se prevé un fenómeno así.

El huracán Otto, que mantuvo en tensión a Nicaragua durante cuatro días mientras se acercaba por el mar Caribe, motivó la evacuación de más de 10,000 personas en las zonas más amenazadas y fueron llevadas a refugios seguros. Fue una prueba dura, y el hecho de que nadie haya muerto en esta emergencia nos indica que la sociedad nicaragüense está aprendiendo a defender la vida, enfrentando con precaución las furias de la naturaleza. Otto dejó en Nicaragua menos daños de los que se temían y, algo importante, dejó a una población con más experiencia en la organización de la prevención y mitigación de daños frente a estos fenómenos naturales, tan frecuentes en nuestra región.

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