Orlando López-Selva
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Tayyip Recep Erdogan es un típico —caudillo— siempre tratando de llamar la atención por sus posturas amenazadoras.

Recientemente expresó su voluntad (como todos los dictadores: ¡creen ser la auténtica y unánime voz de su pueblo!) de insertar a Turquía en la SCO (siglas en inglés de la Shanghai Cooperation Organization), liderada por China continental y Rusia, cuya mayor fuerza está en el campo militar.

Sería una actitud tránsfuga. Turquía tiene el segundo Ejército más grande de la OTAN; además, anhela ser, alguna vez, parte de la Unión Europea.

En julio pasado, Erdogan fue víctima de un fallido golpe de Estado. Consecuencias: torturó y encarceló a miles de sospechosos opositores; y pidió apoyo a los países occidentales para proseguir con sus políticas represivas. Pero fueron más las voces de condena a sus vengativas reacciones, que de apoyo a su régimen, sabiéndose su condición de aliado importante de Occidente. Todo ello ha desencantado a Erdogan, un autoritario líder nacionalista y populista, que ha estado 13 años en el poder.

Se dejaron sentir las primeras reacciones del mandatario turco cuando pidió la cabeza del líder musulmán Fethullah Gullen, —residente en Estados Unidos— y sospechoso, según el régimen de Ankara, del fallido golpe de Estado contra Erdogan.

Washington no lo vincula al golpe. Ni lo ha querido extraditar. Ello agrió el ánimo de Erdogan, dándoles la espalda a sus aliados occidentales. 

Además se le imputa a Erdogan que durante la guerra en Siria  le ha vendido armas a, y comprado petróleo de, ISIS; ha usado la logística e inteligencia de la OTAN para bombardear los campamentos de los kurdos que sí están luchando contra ISIS. Como consecuencia, el líder turco ha sido permisivo, dejando  que miles de refugiados mediorientales se lancen  —en botes o por tierra— para llegar a Europa y causar una debacle en el viejo continente. Ello ha puesto en riesgo los criterios convergentes de los unionistas europeos para impulsar políticas humanitarias y de seguridad. 

Incluso, la mandataria alemana Angela Merkell viajó hasta Ankara para prometerle, a Erdogan, toda su ayuda y frenar o disminuir el flujo de refugiados —que pasa de 2 millones—, o poderlos contener en territorio turco. 

Pero, al darle Occidente la espalda al señor Erdogan, este, visitó Moscú para agradecerle su apoyo a Vladimir Putin (el zar de la diplomacia muscular y las invasiones a Crimea y Siria). Y, propició encontrarse con su homólogo chino, Xi Jin-pin, de quien recibió solidaridad verbal y promesas de inversión. 

Resultados: la OTAN debe estar preocupada. Turquía, un aliado militar estratégico, está amenazando con volcarse hacia rusos y chinos.

Si se concretara tal amenaza, debilitaría a toda la OTAN. Ello facilitaría escenarios militares entre potencias. Oriente cerraría sus puertas. Occidente solo quedaría a la espera de los nuevos Genghis Khan que lleguen, como refugiados, buscando libertad y bienestar en Occidente (¿quién quiere irse a Rusia o China?). 

Erdogan ya había dicho cosas similares anteriormente. Pero, ¿cuándo realmente tomará la decisión definitiva de separarse de la OTAN?

¿Pronto, las mayores potencias militares asiáticas estarán apuntando sus armas conjuntamente hacia territorios occidentales? 

A Washington no le convendría un escenario así.

Rusia está determinada a frenar cualquier intención intimidante de los países circundantes, con soldados, tanques o cohetes. Es más, Putin expresó que usaría cualquier medio para responderle a Occidente. Y el endulzarle el oído a Erdogan, es una acción táctica que Moscú ha sabido capitalizar. 

Las maniobras militares de OTAN y Rusia, al borde de sus zonas de influencia, son provocadoras, peligrosas.

Putin está acosado, dando zarpazos; Washington, entumecido, confiando en un repunte republicano.  

¿Quién los puede persuadir para iniciar una dètenté?  

Rusia ahora se jacta de su poderío militar. Y está dispuesta a usarlo para defender sus zonas de influencia.

Pero con la postura de manos-atadas de Obama y con la promesa del presidente-electo Trump, de que los países europeos asuman los costos de su defensa, la OTAN puede  descalabrarse. De ello, el Kremlin saca el mayor provecho, mientras Occidente, ingenuamente, discute sus temas de seguridad internacional de manera pública. 

Nadie parece estar dispuesto a sentarse a negociar, mientras las guerras en Medio Oriente y Crimea se hayan convertido en fenómenos aceptados.

Cuando los países satélites invitan a las potencias a intervenir en conflictos propios, todo se torna marañoso.  

La ambición territorial y la irracionalidad dictatorial nunca deberían justificar el nacionalismo. 

Mientras políticos y diplomáticos conspiren erráticamente, los generales, con presteza, engrasarán sus cañones.

Jamás debemos aceptar que tales antecedentes inhiban a  adversarios a usar la diplomacia.

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