Jorge Isaac Bautista Lara
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Ahora a dejar las pasiones y dar paso a la lucidez, aceptar algunas realidades: la primera es que Donald Trump ha sido electo presidente. Lo que pudo pasar o no queda para calistenia intelectual de quien lo desee analizar. La segunda realidad es que Trump es un empresario y no es político ni es republicano, él confesó que solo es el candidato de los republicanos, que es otra cosa. Procede de fuera del círculo de políticos tradicionales (republicanos y demócratas). Y su elección hizo trizas a dos de los clanes más potentes: los Bush, cuando eliminó al menor de los Bush (Ted Bush) por parte de los republicanos, y a los Clinton (demócrata), cuando venció en las presidenciales a Hillary. Esto es el síntoma de una enfermedad mayor: agotamiento y desconfianza en los políticos tradicionales. La tercera realidad es que Trump es “antiglobalización” y “antineoliberal global”. Siendo la síntesis no de una enfermedad, sino síntoma antiglobalización a nivel mundial.

El problema es que ningún tratado se deshace en 2 días; requiere años. Es la misma corriente del "brexit" en Inglaterra con la UE; del surgimiento de los fuertes nacionalismos en Francia, Inglaterra, Alemania, entre otros, y del creciente euroescepticismo. En la realidad de EE. UU. se encuentra en un embudo histórico, al que se metió desde su fundación como nación por su “cultura bélica”. Actualmente vive una especie de guerra civil que nadie quiere nombrar. Las soluciones y salidas de sus profundos problemas son escasos y de precarias posibilidades de solución. Acumula tantas intervenciones militares, multimillonarios gastos en armamento y mantenimientos de tantas bases fuera y dentro del territorio, con un nivel de lujo y desperdicio no acorde a su economía; esto lo ha metido en un callejón sin salida. Su conjunto ha ido mellando cualquier alternativa posible gradual y tranquila. La reforma que se haga, cualquiera, deberá ser dura y traumática. EE. UU. ha ido hipotecando hace tiempo su futuro. La cobija del presupuesto no da. Estados Unidos solo tiene una alternativa y es reinventarse o morir como imperio. Y esto pasa por una corrección en la globalización. Es decir, es un hecho que la globalización como se conoció hasta hoy llegó a su fin, se hará una profunda corrección de rumbo. Lo que trae un nuevo cambio de paréntesis en la política y economía global y local, que cambia todos los símbolos que se encuentran dentro de él. En esto no existen sentimientos; realidades crudas y duras. Trump sabe que de mantener o aumentar el gasto, sobre todo en lo militares, tendrá un cierto símil al efecto economía con lo que en su momento terminó de socavar las bases de la URSS. Trump ya dijo lo que nadie esperaba en la OTAN: “quien no pague lo suficiente que se defienda por sí mismo”.  Es un tratado, pero primero a pagar. Esa es ahora la lógica. La caída de EE. UU. afectaría a todas las economías existentes por el peso de su comercio, el dólar y militar. Creando un vacío de poder que no existe a la fecha potencia que lo asuma. Pero en los imperios el tiempo de esperas no existe. 

China aún no tiene el nivel para asumirlo; demasiados problemas internos. Trump es un empresario y tiene idea clara del balance entre ingreso y egreso. Y sabe de la deuda colosal de Estados Unidos. Los anteriores presidentes se dedicaron a mimar a Wall Street y abandonaron la infraestructura del país (un ejemplo, sus trenes). Es visible la diferencia de calidad en infraestructura de la UE o Japón, en relación con EE. UU. Existe la noción básica en Trump de seguir siendo imperio y recuperar la grandeza.  La tiene difícil, están en declive. Ha definido un rumbo manufacturero donde la infraestructura irá en la prioridad interna. Con Trump la idea de una guerra se distancia; toda expansión requiere dinero y más dinero. Cada soldado tiene salario. Convienen los acuerdos militares, para no distraer más plata y buscar la recuperación interna de EE. UU. Los imperios en la Historia no tienen sentimientos; entran al territorio de otro y se apoderan de lo ajeno como suyo. Pero todos los imperios tienen en común haber caído. Y sus caídas tampoco son benevolentes de parte de los que fueron sus víctimas. El imperio inglés ha tenido la astucia de transformarse en la historia, no caer, y su pasado sigue influyendo en el presente; España no pudo. ¿Podrá hacerlo un presidente con un discurso confrontativo en un país tan fracturado y con tantas fobias? (Latinofobia, islamofobia, mexicanofobia, etc.). Estamos ante un “Cambio de Banda”; una reinvención del imperio. Si no lo hace o lo hace mal, caerá irremediablemente, y dará paso a otros imperios.

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