Esteban Solís R.
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Visité Cuba en distintas fechas por circunstancias diferentes en la década de los años 80 y principios de los 90, invitado a varios eventos relacionados con el quehacer periodístico. Hubo muchos momentos significativos de mi estadía en La Habana y en otras ciudades (Guantánamo, por ejemplo). El primero de ellos, y es el que recuerdo con un poco de más precisión por el alto contenido emocional acompañado de los infaltables nervios, fue conocer en persona al líder de la revolución cubana, Fidel Castro.

De noche, un reducido grupo de nicaragüenses, entre ellos el inolvidable periodista, culto, caballero y gran ser humano, Eligio Álvarez, iba a mi lado cuando llegamos al majestuoso Palacio de la Revolución; en la entrada estaba la figura esbelta y firme de Fidel, con su impecable traje verde olivo, estrechando la mano a cada uno de los invitados, privilegio que  me correspondió y que quedó petrificado en mis retinas y en mi memoria. No sería la primera vez que eso iba a ocurrir, hubo otra ocasión, me parece que fue durante un acontecimiento que atrajo la atención de la prensa mundial: la Cumbre Internacional sobre la Deuda Externa, seis días de exposiciones en las que Fidel seguía atentamente cada una de las intervenciones con una disciplina espartana en el Palacio de la Revolución. Al final, el dirigente revolucionario clausuró el suceso de la siguiente manera: "La deuda es impagable e incobrable".

Como anécdota recuerdo que don Eligio me dijo en el hotel que su  viaje a La Habana había sido posible por la gestión de Manuel Espinoza, en ese entonces responsable de la oficina de prensa del comandante Daniel Ortega, "porque Sergio no me quiere", refiriéndose al Dr. Sergio Ramírez, vicepresidente de la República. No ahondé en el asunto quizá porque el comentario de don Eligio, que creo rondaba los 70 años, lo hizo en tono jocoso. Don Eligio y yo, así como algunos colegas, decíamos que éramos parte del grupo de reporteros que en aquella ocasión acompañamos al presidente Ortega en una de sus tantas visitas a Cuba.                   

Participé también de un hecho histórico y relevante en la isla. Por primera vez iba a experimentar lo que solamente había visto por televisión, estar en un acto de masas y desde la tribuna el orador principal: Fidel Castro. Era la celebración del trigésimo segundo aniversario del asalto al Cuartel Moncada y el escenario no pudo ser más que significativo: la provincia de Guantánamo, en cuya bahía, del mismo nombre, los Estados Unidos mantiene ilegalmente desde hace varias décadas  una estación naval.

He querido plasmar con la escritura estas vivencias rescatadas en trozos, tres décadas después, como un homenaje al líder de la Revolución Cubana fallecido recientemente, cuyo pueblo y su dirigencia nunca, ni en los momentos más trágicos de nuestra historia, han dejado de de ser solidarios, de una  nación de la que solamente hemos recibido apoyo material y moral porque así  lo pidió Fidel y porque también así lo siente el pueblo cubano, que nos ha dado, no lo que les sobra, sino que ha compartido lo que tiene, sobre todo sus invaluables recursos humanos, médicos, maestros, técnicos, etc. ¡Hasta siempre comandante Fidel!

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