Jorge Isaac Bautista Lara
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Cada vez que regalamos algo en fechas que propician hacerlo, pocas veces está en las opciones un libro. Y siendo este año el momento en que se cumple el ciento cincuenta aniversario de la muerte de Rubén Darío (1867–2017), la ocasión invita a pasar por alto esta forma de seleccionar regalos, y privilegiar en esta ocasión dejando como primera opción, el regalar un buen libro. Y en la lista están dos libros en particular que han marcado un giro en lo que se ha escrito sobre nuestro poeta: “Último año de Rubén Darío” (II parte) del escritor Francisco Javier, y el segundo “A la mesa con Rubén Darío” de Sergio Ramírez. Ambos tienen como características el haber invertido sus autores, años de estudio, investigación, viajes para constatar datos, consultas, entrevistas, etc. Dos libros con diferente temática, narrativa, color, empastado y forma de edición. Que va entre lo sobrio y lo exquisito. Pero complementarios y fortalecedores de la investigación en distintas facetas de nuestro poeta. Ambas obras se unen para decir que Rubén aún sigue siendo un hecho presente, vivo, fuente de literatura y creación. Y es que al final la calidad de ambas obras da certeza y verdad que ha sido así. El libro de Francisco es una segunda parte, el primero nos lo regaló el año pasado y versaba sobre Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Ahora lo completa con Honduras y Panamá. Iniciando en una de sus primeras páginas con una frase que ha dicho en el año de 1969 en Honduras Eliseo Pérez Cadalso:

“Después de un parto como Darío, Centroamérica tiene derecho a un siglo de convalecencia”. Esa frase no requiere más explicación. Sergio escribe: “Y lleva la cocina hasta los altares de la literatura, porque ambas han hecho siempre buenas amigas…”. En la primera página de su primera hoja transcribe “¡Y he vivido tan mal, y tan bien, cómo y tanto! ¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto! ¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi copa! ¡Y he gustado bocados de cardenal y papa!”( Rubén Darío). Y es que, a como dice Sergio: “En las artes y conocimientos de la gastronomía hay capas de capas, como en una simple cebolla de las que cantó Neruda en sus Odas elementales…”. Una traducción que hizo de Meditaciones y Soliloquios, del emperador romano Marco Aurelio, que realizó Antonio Guzmán Guerra aclaraba sobre su trabajo "pocas afirmaciones hay más ciertas en el mundo de los textos antiguos, que la constatación de que cada autor necesita ser retraducido una y otra vez cada cierto tiempo. No porque el original sea sustancialmente distinto o nuevo… sino porque cualquier traducción inexorablemente envejece… porque la propia lengua de llegada está en permanente y continuo cambio… pero sobre todo porque cualquier traducción proyecta sobre su quehacer, su propia sensibilidad y su personal gusto literario y estético… frecuentemente hay que encontrar en la lengua de llegada…”. Algo así pasa en estos dos libros, pero particularmente se reconoce en lo que escribe Francisco: “Para facilitar la lectura a la heterogeneidad de lectores… hemos efectuado las correcciones básicas ortográficas preservando la estructura sintáctica y los adjetivos calificativos usados –algunos en desuso-, que dieron particular estilo a la prosa de inicios del siglo XX. Han sido eliminadas la acentuación a las palabras monosílabas y otras (á, fué, vá, etc.), sustituido la “i” por “y” que solía usar como conjunción copulativa, se redujo el uso excesivo de la mayúscula en la prosa y al inicio de los versos (sin eliminarlos todos)… Se ajustaron los puntos suspensivos, antes no era preciso usas tres; fueron completados los signos de admiración e interrogación, solían colocarse solo a final de la oración”. Son dos libros para disfrutar y tomar lo escrito por Sergio: “El gourmet goza comiendo, saborea a fondo cada bocado, usa su paladar como instrumento de placer. Come con talento. Y no es de ninguna manera un goloso que devora de manera desbocada y busca rellenar la tripa hasta decir no más…Por supuesto que nunca fue Rubén un glotón…”. Y nos recuerda en su libro Sergio que: “Ya hemos dicho que Rubén, según recuerda Francisca Sánchez, tenía gusto casero sencillo a la hora de sentarse a la mesa, y comía de sus recuerdos nicaragüenses. La chuleta adobada, los frijoles bien fritos acompañados de arroz blanco, los plátanos fritos, el queso frito. Un acento común en lo frito, viviendo en un país donde todo se freía, y se sigue friendo…”. Por su parte Sergio termina, en su última página, con algo que es aplicable en ambas obras en una sola frase de toda una hoja “Bon Appètit!”. Que es lo que permite hoy invitarles a regalar un libro… o dos.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus