Manuel Coronel Novoa*
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El libre mercado y el libre comercio no existen, nunca han existido. Han sido un dogma de fe del capitalismo, como lo ha sido el comunismo para la teoría marxista. Estos conceptos son una utopía ideológica de la economía neoclásica que toma forma en una receta de políticas económicas, que no es libre, sino asignada, o históricamente determinada.

Dichos conceptos, así nacieron y así continúan. No olvidemos que esas políticas son las que nos tienen exportando materias primas e importando celulares y autos en el siglo XXI, con nuestro respectivo déficit comercial.  Para que esta afirmación no se lea como una simple opinión “de este muchacho”, me hago acompañar de Paul Bairoch (1930-1999), el historiador económico belga, y experto asesor en temas de comercio internacional, y del Dr. Ha-Yoon-Chang, profesor en Cambridge y el historiador económico más influyente de nuestros días.

Luego de una larga trayectoria en Ginebra como asesor del GATT (Acuerdo General de Tarifas y Comercio), Bairoch nos dejó dicho: “La verdad es que en la historia (del capitalismo) el libre comercio es la excepción y el proteccionismo la regla”. Por su parte Ha-Yoon-Chan, en su exitosa serie de libros en los que nos recuenta la verdadera historia del capitalismo nos fundamenta del cómo todos los países llamados hoy desarrollados, incluyendo a EE. UU. e Inglaterra, hogares ideológicos del libre mercado y el libre comercio, se volvieron ricos bajo recetas contrarias a la ortodoxia neoliberal que ellos mismos pregonan. Es decir, los tratados de libre comercio que aparecieron a la vuelta del nuevo siglo, son -en realidad- solo tratados de comercio, y el prefijo “libre” es unidireccional: proteccionismo para “nosotros”, para “el resto”, libre comercio. (Occidente, y luego todos los demás - The West, and then the Rest).  

Si hoy hacemos un inventario de los países emergentes que más éxito han tenido en los últimos 30 años (Singapur, Corea del Sur, etc.), notaremos que son los que han abierto sus economías selectiva y gradualmente, no los que han adoptado de una vez una total apertura. Esto no significa que las economías son exitosas a través del proteccionismo y los subsidios, para nada, pero a la vez muy pocos países se han desarrollado sin estos. Esto lo entendió muy bien el primer secretario del tesoro de EE. UU. Alexander Hamilton (1757-1804), el padre del proteccionismo norteamericano.

A comienzos del siglo XX el proteccionismo arancelario en EE. UU. permitió desarrollar su industria y, después de la II Guerra Mundial, convertirse en la primera economía del mundo. Una vez con su industria ya bien desarrollada, EE. UU. estuvo listo para salir y abrirse a los mercados globales, mas no así en el ámbito agrícola, en el que, al no contar con todas las ventajas competitivas, mantuvo, y todavía mantiene, multibillonarios subsidios. De ahí el doble racero y la libertad comercial unidireccional. Es decir, “te” asigno producir materias primas, pero las que “yo” produzco las voy a subsidiar.

No nos debería sorprender el ascenso de un presidente con una agenda proteccionista en los EE. UU., en mayor o menor grado, nuestro vecino del norte, siempre ha sido proteccionista.   Las políticas multilaterales de los países ricos de occidente y los llamados tratados de libre comercio, como el Nafta, Cafta-DR, TPP, etc., han sido o son mecanismos protectores y expansivos, no complementarios (en el sentido de las ventajas comparativas del economista David Ricardo).  ¿Por qué no?  debido el enorme poder competitivo y apoyo político que tienen las corporaciones en EE. UU. para imponer sus reglas. Si el mismo tratado nos lleva a la fantasía del “libre comercio”, las corporaciones desquitan sus “desventajas” a través de los precios de transferencia. El campo de juego pues, nunca está nivelado. Es cierto que el riesgo ahora es que el desnivel sea aún mayor, pero en América Latina nuestros países no deben apostar todas sus cartas a estos tratados de “libre” comercio. La ecuación del “libre comercio” tiene una falla de fábrica y así como dejan ganadores, siempre dejan perdedores (casi siempre a los más pobres en ambos lados de la mesa), y si los perdedores no son compensados, se manifiestan, como lo hicieron en Inglaterra y EE. UU. aquellos que quedaron rezagados con la desaparición de sus fuentes de trabajo.

Más allá de nuestro problema estructural como productor de materia prima, tema para otra discusión, las cartas inmediatas las debemos seguir apostando en facilitación del comercio, que al final tiene tanto o más impacto que la reducción de tarifas, aranceles, y subsidios. Aquí hablamos de dos variables que controlamos: invertir en infraestructura logística y en aumentar nuestra productividad (en Nicaragua se traduce en mayor rendimientos agrícolas -vía energía más barata y riego-).  

Facilitar el comercio pasa siempre por mantener en buen estado la macro y microeconomía, alineándolas hacia la exportación de bienes y servicios de calidad, estableciendo estándares, eliminando trámites engorrosos y optimizando los que son indispensables, modernizando y haciendo más eficientes las aduanas, además de diversificando los mercados.  Si aceleramos estas tareas, en las que Nicaragua ya ha venido avanzando significativamente, con o sin el mito del “libre” comercio, nuestros productos seguirán teniendo demanda, y nuestro clima de inversión continuará siendo cada vez más atractivo.

* El autor es asesor del director por Brasil en el FMI, y sus criterios y opiniones no representan ni al directorio, ni a los países que representa.