Rafael Lucio Gil *
  •   Managua, Nicaragua  |
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Este tercer artículo cierra una reflexión propositiva sobre el tema. Nos centraremos en varios aspectos que consideramos de primer orden, en la dinámica de la transformación que requiere nuestra educación.

La educación merece ser tratada como un derecho humano de todos para superar un modelo cómplice y gestor de desigualdades. Ello demanda un presupuesto que, progresivamente, se acerque al 7% del PIB. En los últimos años, mientras crece significativamente el PIB del país, paradójicamente, el porcentaje destinado a educación básica y media es recesivo. Exige que el Estado cumpla, no solo con el presupuesto necesario, sino también con los indicadores que se desprenden de las 4A planteadas por Naciones Unidas: Asequibilidad, Accesibilidad, Aceptabilidad y Adaptabilidad.

Este derecho conlleva incorporar nuevas sensibilidades que emanan de la evolución de la problemática social y cultural. Se debe expresar en la inclusión en la escuela, sin distingo alguno de niños y niñas, priorizando sectores históricamente olvidados. Este derecho también incluye nuevos conocimientos o sensibilidades educativas, tales como: medioambiente, cambio climático, emprendimiento, violencia escolar, nueva masculinidad, etc.

Esta dinámica cambiante pide que la interculturalidad penetre en la escuela, como nicho desde el cual se logre gestar una cultura de respeto, intercambio y enriquecimiento entre la riqueza cultural que preside la multicultural del país. Ello debe contribuir a transformar la cultura hegemónica que impone una educación desde la perspectiva dominante, en una cultura capaz de dialogar comprendiendo la cultura popular; con un currículum dialogal y respetuoso hacia las demás culturas, logrando que los códigos lingüísticos culturales dominantes sean capaces de dialogar comprendiendo los códigos lingüísticos de las mayorías pobres en la escuela pública.

Esta nueva educación ha de superar la visión de la comunidad educativa para transformarse en  comunidades de aprendizaje. La primera encierra a la escuela en sus muros con sus actores tradicionales, mientras la segunda vence los muros invisibles proyectándose a la comunidad con múltiples facetas educativas y programas de educación no formal e informal, e incorporando al centro educativo a múltiples actores intergeneracionales, capaces de proyectar sus saberes empíricos y culturales en la escuela formal.

Dentro de este derecho, el país tiene con la educación rural una deuda histórica no superada hasta hoy. Sus particularidades demandan otro currículum, diferentes modalidades organizativas de acuerdo a sus contextos estacionales productivos. Sus enormes desigualdades sociales y educativas vergonzosas con respecto al ámbito urbano, junto con todos sus indicadores educativos, merecen ser superados.

La calidad de la educación y la formación docente desde este derecho, deben ir abrazados. Pretender la primera sin la segunda, será en vano. Varios son los desafíos al respecto: concertar el modelo de calidad con indicadores claros, ubicar en primera fila al docente con calidad de vida y reconocimiento salarial y social apropiado a su profesión; un Plan Nacional de Formación Docente que incorpore una perspectiva epistemológica centrada en la reflexión crítica y la innovación. Tanto las Escuelas Normales como las Facultades de Educación están llamadas a replantearse drásticamente el modelo de formación docente actual. Los textos escolares nacionales representan un buen avance, pero requieren mejorar su calidad científica y didáctica, y eliminar cualquier vestigio político partidario.

Este derecho se interrumpe drásticamente, cuando la niñez no logra desplegar capacidades lectoras y de escritura con fluidez y comprensión. Transformar esta realidad, demanda nutrir los centros con bibliotecas pertinentes y actualizadas, superar el adultismo adaptando las lecturas a los intereses y niveles de la niñez, desarrollando una vocación lectora que irrumpa en la vida nacional.

Este derecho encuentra en la tecnología para todas las escuelas, el mejor socio para potenciar la enseñanza y aprendizaje. Superar sus brechas, abrirá nuevas rutas al cumplimiento de este derecho. También la educación técnica, sumamente reducida en comparación con las necesidades del desarrollo, debería ser la mejor aliada del desarrollo empresarial y las Mipymes, en particular. Tal transformación merece irrumpir en los medios de comunicación, para cambiar la cultura familiar negativa, al respecto, motivando a muchos jóvenes a llamar a las puertas de esta modalidad educativa.

El autor es director del Ideuca, y miembro de la Academia de Ciencias de Nicaragua, ACN

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