Augusto Zamora R.*
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Asoma la parte más dura del verano y el agotamiento de recursos hídricos en el país se convierte en agónico. Para abril, algunas zonas de Nicaragua serán como desiertos.

Llevamos más de dos décadas advirtiendo del problema, siendo otra voz que clama en el desierto, pero en un desierto real, no de metáfora. No puede serlo tal calamidad.

La población crece sin parar y, desgraciadamente, crece exponencialmente en los países más pobres, mientras decrece sostenidamente en los países más ricos. Debía ser al revés.

La escasez es resultado de sequías acumuladas de tres años, que dejaron secos acuíferos, ríos y fuentes, consecuencia, a su vez, de la virulencia del fenómeno de El Niño.

Hagan memoria los lectores con más años o más lecturas y recordarán que, décadas atrás, no causaba El Niño tantos estragos. Sequías se daban, pero no tal penuria.

El Niño es un fenómeno antiguo, pero la existencia de densas capas de vegetación mitigaba sus estragos. Los ríos disminuían sus caudales, pero no se secaban. El manto freático se veía mínimamente afectado. 

La deforestación lo cambió todo. Sin capa vegetal, los ríos se evaporaron. Los acuíferos perdieron su manto protector. Había que hacer pozos más hondos con cada vez menos agua. A menor cantidad, más pozos, más hondos. Así, hasta topar con mantos salinos. 

Estamos en colapso medioambiental, pero, salvo en discursos, el tema importa nada. Las especies se extinguen. La humana será la única que provoque su propia extinción.

az.sinveniracuento@gmail.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus