Orlando López-Selva
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Donald Trump parece estar desviando su atención de asuntos internacionales mucho más importantes.

¿Está consciente que al enfrentar a los inmigrantes mexicanos, nunca encontrará siquiera un punto mínimo de negociación con ninguna autoridad mexicana?

El gobierno mexicano hace lo correcto al defender a sus  conciudadanos.  

Estados Unidos y México comparten 3,200 kilómetros de frontera. En 2015, su comercio bilateral fue de $583.6 billones; desde 1997 son socios en el Nafta; en 2016, México fue el segundo mayor comprador de productos estadounidenses, por encima de China, Japón y Alemania.

¡Un socio así no puede ser visto de menos!

Tampoco los comunes ciudadanos norteamericanos parecen recordar que los muros no impiden la migración, ni crean buenos precedentes. Sobre todo cuando Estados Unidos  pregona ser un país de inmigrantes. Y un presidente suyo (Ronald Reagan), en los años 90, hizo gala de su moralidad al pedirle al presidente de Rusia: “Señor Gorbachov, por favor derribe este muro”,―refiriéndose al Muro de Berlín.

Los problemas estadounidenses no acabarán porque cese la entrada de mexicanos a Estados Unidos (¿filipinos o vietnamitas harían el reemplazo laboral?). Tampoco le conviene a un Presidente recién asumido, el invertir energías en causas que se pueden resolver alternativamente, mientras se ignoren los verdaderos y muy dañinos frentes de guerra que Washington, actualmente, tiene.

¿Olvidaron los líderes republicanos que el ejecutivo se ha salido de plan de prioridades estratégicas? ¿Y que el daño que quieren infligirle a México, está uniendo  graníticamente a todos los mexicanos? Más bien, está ayudándole a mejorar su popularidad a Peña-Nieto.

Pero la diplomacia sale al rescate. La semana pasada arribó a ciudad de México, el secretario de Estado Rex Tillerson, para tratar de enmendar y reparar las tensas y deterioradas relaciones entre los dos vecinos.

¿Cuál pudo haber sido la intención del secretario estadounidense?

Una sola. Sacarle, las castañas del fuego a su jefe, al que le cuesta decir algo que sea conciliador, condescendiente, empático, y que acople el sentimiento norteamericano con los de otras culturas.

Ahora el problema es que las amenazas aumentaron: quieren sacar a todos los indocumentados mexicanos. Y la idea del muro sigue en pie.

Lo vergonzoso: todas las semanas hay incidentes entre el ejecutivo norteamericano y los medios. Y no es que la jerarquía de la Casa Blanca carezca de buenos argumentos. El asunto es que el presidente Trump parece no saber que su investidura actual, requiere de mucho protocolo, moderación y gentileza.

¿Recuerdan lo mucho que los medios norteamericanos  criticaron al presidente italiano Berlusconi por todas sus expresiones ruborizantes?

En este tipo de contiendas mediáticas, Donald Trump se enreda; y luego salen los ministros-apagafuegos a buscar como desdecir las cosas o a tratar de corregir los desaciertos.

¿Tuvo razón el presidente Obama cuando dijo que “el trabajo de Presidente de los Estados Unidos era muy serio y no era para  personas temperamentales”?

Incluso, un articulista británico llegó a sugerir que la única manera de evitar los repetitivos gaffes del presidente Trump, era haciendo una junta de gobierno donde él compartiera poder, sin vocería.

Los Estados Unidos no deben diluirse en el cómo se dicen las cosas o qué no se quiso decir, sino que deben enfocarse en el liderazgo respetable que Washington debe proyectar globalmente. Además, debe, ineludiblemente,  restablecer su agenda de prioridades en el ámbito de la seguridad nacional.

El terrorismo, Rusia y China, Corea del Norte sí son asuntos primordiales.

Hay cosas más importantes, como para que el presidente de la, todavía, mayor potencia, pierda autoridad porque crea ser el maestro que corrige a sus vecinos, como si fueran niños de pre-escolar.

¿Y los líderes republicanos en el congreso, no ven los desaciertos en el rumbo de la política exterior actual de Washington?

Sí puedo comprender las posturas norteamericanas. Pero no es aceptable irrespetar a otras naciones, por pequeñas que fueren.

¿Se están dando cuenta en Washington del peligro que ya está  enfrentando al no asumir que los asuntos globales son temas para que no los maneje, insensatamente, una persona desentendida del buen trato que todos los Estados-naciones de la comunidad internacional merecen?

Mientras en la Casa Blanca se crea que el mundo es un circo, y se asuman los roles del domador con látigo y el del irreverente detractor de sus cercanos y viejos aliados, las potencias emergentes encontrarán justificadas oportunidades para hacer de las suyas, si los trapos sucios no se quieren lavar en casa.

En los asuntos internacionales, tienen mucho más impacto los yerros verbales que las buenas acciones.

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