Adolfo Miranda Sáenz
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África es un continente rico, pero no lo son los africanos. Níger es un país rico en uranio (el combustible de las centrales nucleares), la República Democrática del Congo lo es en casiterita (de la que se extrae el estaño), en coltán (usado en electrónica), oro, cobre y diamantes, al igual que lo son la República Centroafricana, Chad y Sierra Leona.

Estos países son ricos en recursos, pero son los menos desarrollados del mundo. África tiene a 38 de los 50 países menos desarrollados. La mayoría son ricos, pero sus riquezas no mejoran la vida de sus ciudadanos, no llegan hasta ellos, se las llevan las multinacionales explotadoras y -una menor parte- los Gobiernos corruptos y “los señores de la guerra” que viven del saqueo.

Europa desde el Imperio Romano ha explotado África. Su reparto moderno se dio en la Conferencia de Berlín (1885). Francia, Inglaterra, Alemania, Bélgica, España, Italia y Portugal dibujaron las fronteras de los países africanos a su antojo con el objetivo de amasar para sus territorios el mayor número posible de bosques, ríos y yacimientos minerales. Francia se quedó con buena parte de la mitad Norte (Níger, Mali, Mauritania, Senegal) y con los primeros países que baña el Mediterráneo (Marruecos y Argelia). Gran Bretaña se quedó con Egipto y trazó una línea vertical hasta Sudáfrica. A un lado y a otro de esta línea, Alemania y Portugal establecieron sus colonias: Camerún, Ruanda y Namibia para los alemanes; Mozambique y Angola para los portugueses. Libia para Italia. Al Noroeste España.

También se erigió la finca particular de Leopoldo II de Bélgica, el Congo Belga, donde 10 millones de africanos murieron extrayendo caucho y minerales para los belgas.

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició la independencia de varios países africanos de sus metrópolis europeas –al menos en el papel-. La explotación inmisericorde de África continuó con el proceso privatizador, alegando que los africanos no saben aprovechar sus recursos y tienen que dejar la explotación a los expertos: las grandes multinacionales de Europa y de Estados Unidos (que no podía faltar). De esta forma los Gobiernos de Zambia, Costa de Marfil, Ghana, República Democrática del Congo y muchísimos más, recibieron a los “inversionistas” extranjeros, y mientras con una mano les indicaban dónde se encontraban sus recursos, con la otra recogían la ridícula suma que las empresas europeas y estadounidenses decían que valían esos terrenos. No tenían cómo negociar: los precios de las materias primas habían bajado según la conveniencia de las potencias económicas y el FMI presionaba recordándoles que la privatización de sus recursos era condición indispensable para reducir su deuda externa… ¡con las grandes potencias económicas!

Un ejemplo de la explotación europea y estadounidense de África es la denuncia de Amnistía Internacional que revela las condiciones de trabajo de los mineros de la región de Katanga, al suroeste de la República Democrática del Congo: galerías de más de 100 metros de profundidad –prohibidas por el código minero congoleño–, sistemas de ventilación inexistentes o basados en bombas manuales para refrescar el aire, y falta de equipos adecuados: la roca se pica con martillo y cincel, con las manos desnudas, y se respira el polvo en suspensión de las galerías. La mayoría de los accidentes se producen por desprendimientos de tierra y rocas durante la estación lluviosa, que arrastran y sepultan vivos a los mineros, lo que, según la denuncia, rara vez se informa en la prensa internacional.

Al conocer este tipo de información deja de extrañarnos que ocho hombres posean la mitad de la riqueza del mundo, así como la migración de africanos a Europa y EE. UU. ¡El actual orden económico mundial no está bien! ¡Es injusto!

No lo digo yo, lo dice el papa Francisco.

* Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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