Lesli Nicaragua
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

“Uno se prepara para ser corrector simplemente dominando todo el conocimiento del mundo, el conocimiento especializado de sus lectores, y el arte de trabajar con las palabras”, dice Arthur Plotnik, uno de los más icónicos editores estadounidenses en su ya antológico texto Los elementos de la edición, cuando se refiere, con el mayor respeto posible, al trabajo de los correctores de textos y estilos ¿Desmesurada afirmación? 

Solo profesionales medianamente comprometidos y altamente competitivos en su labor dentro de la sinergia del periodismo darán, con la misma reverencia, la razón a la aseveración que esgrime Plotnik a los que el llama los salvadores de la agonía de la agonía. Ese lapso inserto en la agonía a la hora cierre que puede cambiarlo todo, como explicaba  Guido Fernández en ese otro libro que todo periodista que crea serlo debe leer.

Porque lejos de ser cazadores de gazapos perplejos que los escritores y periodistas desparraman cada vez que se enfrentan a la hoja en blanco con un solo tema en la cabeza, los correctores realizan el acto de lectura de mente, de autodisciplina, para volver un renglón chueco, una línea impecable. Lo digo porque desde hace 15 años me dedico a esto, y cada vez que alguien me pregunta en qué consiste y si se estudia para eso, le respondo lo mismo que Ploknit a Eistein.

“Ahora bien, doctor Eistein, usted ha pasado toda una vida contemplando las propiedades del universo, y yo la mayor parte de la mía tratando de comunicarle ideas complejas a la gente común. ¿Me permitiría usar mi oficio?” Es decir, nosotros corregimos para permitir que el fuego puedad verse a través del humo. “Un trabajo sucio sin el cual muchos no hubiesen jamás ganado un Pulitzer y o un  Book Award”, explicaba Plotnik a varios escritores, entre ellos Saul Bellow, el nobel de Literatura, en una ponencia sobre la corrección de estilo.

¿Pero en verdad se estudia para ser corrector? ¿Cómo se logra esta especialización en la lengua? Este gran maestro de escritores y editores podría ayudarme nuevamente a responder: “Pasando los primeros 25 años de la vida en un salón en compañía de E.B. White, Vladimir Nabokov, John Updike o James Baldwin, o leyendo sus obras, que son las que establecen los estándares de la comunicación culta”. Lista a la que agregaría a García Márquez, quien sentía un profundo cariño por sus correctores “sin los cuales habría publicado toda clase sandeces”, dijo alguna vez con la seriedad del caso.

Escribo esto, con diez años de retraso, porque el estado actual de las redacciones de los estudiantes de periodismo me ha urgido, preinfartos de por medio. Y no solo en géneros específicamente impresos, sino en los guiones para radio y televisión. 15 años impartiendo periodismo y literatura me han dado un pequeño discernimiento y una gran lupa. Aunque lo peor de todo, es que estos jóvenes creen que corregir es tildar y puntuar –si al menos supieran las reglas básicas fueran inteligibles-. “Un corrector de estilo –dice Javier Lascurain Sánchez, de la Fundéu- no solo mejora tu texto. Te hace mejor periodista”. Sí, de aquellos que ganan premios y se enorgullecen de sus reportajes y crónicas. Porque este es el mejor oficio invisible del mundo.

*Periodista y corrector
leslinicaragua@yahoo.com