Jorge Eduardo Arellano
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Entre 1960 y 1961 se rodó en Nicaragua ––con equipo técnico sofisticado y una auténtica conciencia artística–– la parte correspondiente al país de un filme iniciado en Costa Rica. Para María Lourdes Cortés, ese proyecto fílmico no completado de Alberto De Goeyen ––nacido en Inglaterra, en 1931 de padre holandés y madre alemana–– constituye la leyenda del cine costarricense. A tres años del inicio de su rodaje, el 19 de noviembre de 1959, se proyectó en el Cine Rex de San José, en sesión privada, con el objeto de recaudar fondos para editarla.

En formato cinemascope, el “avance” duró unos 25 minutos y tenía de fondo musical L’après d’un faune del maestro francés Claude Debussy (1862-1918). No era parlante y se limitaba ––según un crítico local–– a un juego sublime de colores, combinación de pinceladas naturales y acción donde el gesto sustituía a la voz y la buena actuación de una pareja en la playa que exaltaba los estados del alma. Esta pareja la formaban los ticos Gonzalo Coto, en el papel de pescador en harapos ––nativo de una isla––, y Graciela Steinvorth: una deslumbrante muchacha rubia que montaba un garañón blanco y vestía una blusa a rayas y un pantalón; pero no escenificaban contacto físico alguno.  

Muestrario de fotografías estupendas, Atardecer de un fauno (este era su título original) tuvo de productor único al propio De Goeyen y todo su esfuerzo ––ambicioso para la época en Centroamérica–– se frustró, arruinando el patrimonio fabular. Pero el sueño de su director, graduado en artes y ciencia cinematográfica en la Universidad de California de Los Ángeles, intentó llevarlo a cabo en Nicaragua con el título de La siesta de un fauno y el mismo resultado negativo. Sin embargo, no dejaría de ser un acontecimiento cultural entre nosotros.

Rolando Steiner, desde la página de cine y teatro del suplemento dominical de La Prensa, le otorgó desmesurada importancia. Hablo, en principio, de dos artículos suyos, aunque sin firma, aparecidos el 12 y 26 de junio de 1960. En el primero se definía el filme como “un ballet de imágenes que se posesionaban del espectador sumergiéndole en un ambiente mágico” y se atribuía al joven director ––frisaba en los 28 años–– los adjetivos dinámico y excepcional. En el segundo se aludía a la  fundación de una Productora Fílmica Nicaragüense para sacar adelante la iniciativa de Alberto De Goeyen y realizar una película sobre William Walker y la Guerra Nacional Antifilibustera. 

Este incorporó a su filme a adolescentes del país (Harry Downing Urbina, Luis Cerna y Franco Peñalba) que interpretaban a faunos y efebos, las playas y el volcán Concepción de Ometepe, los paisajes edénicos de las isletas de Granada, y contornos del Lago Xolotlán al pie del Momotombo. Además, el escultor Arnoldo Guillén ejecutó una cabeza del cineasta de nacionalidad tica y La siesta de un fauno mereció el elogio del fotógrafo Carlos Alberto Marín.

Con el cortometraje La siesta de un fauno, De Goeyen pretendía sentar la base de una futura producción de cine artístico en Centroamérica que diera a conocer mundialmente, al menos a Costa Rica y Nicaragua, “las posibilidades de estas tierras, casi totalmente vírgenes para el lente cinematográfico”. Incluso se anunció que estaba casi concluida y que se había inscrito en el Festival de Cannes, según la referida sección de cine y teatro del 22 de enero y 12 de marzo de 1961. “La parte filmada en Nicaragua es verdaderamente extraordinaria” se afirmó y así fue constatado en otro “avance”, proyectado en el Teatro González y dirigido principalmente a socios de la Productora Fílmica Nicaragüense que a última hora se arrepintieron de invertir en ese negocio desconocido.

“Numerosas veces a través de estas páginas ––terminó informando Rolando Steiner–– hemos seguido las incidencias, esfuerzos y logros de esta cinta que, en definitiva, ha de proyectar en los pantallas del mundo el nombre de Nicaragua, por primera vez, en la historia de fílmica de Latinoamérica". Pero la expectativa de La siesta de un fauno no pasaría de ser también un sueño de Alberto De Goeyen, pese a su empeño y al entusiasmo de algunos cineastas nicas. 

De Goeyen abandonaría pronto el cine y, según María Lourdes Cortés, en diciembre de 1978 residía con su madre en Suiza. Allí murió de un ataque de asma. Tenía 47 años.

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