Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
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Se denuncia desde años pero por razones inescrutables, el tema ha vuelto a primera plana en Europa. Hablamos de la falsificación de alimentos, merced a una conjura de transnacionales, consorcios comerciales y Gobiernos complacientes.

Las imágenes de los supermercados en los países ricos resultan deslumbrantes. Abruma la cantidad de productos, sobre todo alimenticios, que llenan estanterías y anuncios.

"No es oro todo lo que reluce". La obscena abundancia esconde fraudes mayúsculos, ocultados al consumidor con mil tecnicismos. Muchos variados pero nocivos.

Salchichas que se dicen de carne y carne es lo que menos llevan. Carne inflada con agua y químicos que se hace suela de zapatos en el sartén. Bebidas de colores y sabores artificiales mezclados con agua que consumidas en exceso son veneno para la salud. 

La composición de los alimentos es uno de los secretos mejor guardados de la industria mundial, solo superados en ocultamientos por la industria militar.

Países como Nicaragua tienen una ventaja vital no apreciamos: los alimentos son, en general, auténticos. La leche es leche (con su chorrito de agua); las frutas salen de pequeños y medianos productores, que también proveen las carnes y verduras.

Pan y repostería son casi todas artesanales, sin conservantes químicos ni sabores ni colores salidos de laboratorios. Si se suprimieran insecticidas y abonos químicos serían alimentos de primera calidad, esos que, en países ricos, llaman ecológicos.

No todo es desventaja en la pobreza. Falta optimizar esas ventajas y disfrutarlas.

az.sinveniracuento@gmail.com