Eduardo Duque - Estrada Ortiz
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El éxito de un estado de derecho es que todas las personas que lo habitamos tengamos los mismos derechos y las mismas responsabilidades, lo que no significa que por ley seamos todos iguales. Después de todo, ¿qué es la igualdad? Una persona tiene derecho a practicar una actividad deportiva, pero ninguna ley o decreto puede darle el “derecho” de hacerlo profesionalmente, o sea, ser lo suficiente bueno como para que le paguen. La esencia del estado de derecho, base del modelo democrático, es la igualdad ante la ley, en derecho y responsabilidades, no en condición.

Yo, como todo ciudadano, tengo derecho a conducir un auto, pero, primero debo de conseguir una licencia que me otorgue el derecho de hacerlo. ¿Por qué? Porque se necesita cierto conocimiento y pericia para manejar un auto, sin poner en excesivo peligro a los demás conductores y transeúntes. Además, existen reglas para el tráfico vehicular y es nuestra obligación (responsabilidad) conocerlas antes de  conducir. Por último, hay ciertas condiciones físicas (la capacidad de ver, por ejemplo) que son necesarias para poder conducir, y no cumplirlas te elimina el “derecho” a conducir.

Algo parecido sucede con los estudios. Todos tenemos derecho a estudiar y por eso nuestra constitución, igual que muchas otras, considera el acceso a la educación como un derecho fundamental, y la mayor parte del presupuesto de la república, fondeado con los impuestos que todos pagamos, permite que muchas personas puedan estudiar sin pagar. Eso sí, estudiar secundaria no es permitido a las personas que no se han graduado de primaria; sería una pérdida de tiempo y recursos. Igual, todos tenemos derecho a graduarnos de médico, pero no podemos iniciar una carrera médica si no tenemos un título del colegio y si no pasamos un examen de admisión; y no podemos ejercer la medicina si no logramos graduarnos. En fin, la igualdad en una sociedad democrática es regida por el derecho y se basa en derechos y responsabilidades, que todos debemos respetar y aceptar.

En el proceso democrático, para la elección de los funcionarios públicos y los modelos económicos y sociales a seguir, se da a los habitantes el derecho al voto, a elegir, independiente de su capacidad cultural e intelectual de entender lo que se está decidiendo. Un analfabeta tiene el mismo derecho al voto que cualquier graduado de colegio o universidad; y su voto vale igual. Podríamos decir que esta situación es similar a la de un analfabeta emitiendo un diagnóstico sobre la salud de otra persona, basado solo en su “experiencia”, sin ningún conocimiento científico que le respalde.

Para Jason Brennan, profesor de ciencias políticas y filosofía de la Universidad de Georgetown, la pregunta que debemos plantearnos es, en una democracia “por qué algunas personas tienen el derecho de imponer malas decisiones sobre el resto”. La solución a esta debilidad de la democracia, según Brennan, se llama Epistocracia.

Por definición, una Epistocracia es un sistema de votación basado en el conocimiento. A diferencia de una democracia, en la que cada uno emite un voto, independiente de cuánto conoce, en una Epistocracia se otorga mayor valor a los votos de quienes pueden probar su conocimiento del sistema económico-político-social. Para Brennan, se puede mejorar el sistema democrático haciendo un examen de conocimientos políticos, económicos y sociales a los votantes y solo quienes tengan un conocimiento “decente” podrán votar.

Pero, examinar a todos los votantes puede terminar siendo un proceso manipulado por intereses políticos de quienes lo administren, por lo que otro esquema más práctico sería permitir que todo el mundo vote, pero el voto cuenta más (digamos el doble o triple) dependiendo del nivel de educación del votante. Así, es probable que Venezuela pudo haber prevenido su destrucción económica, política y social; un suicidio propiciado por el “voto popular”. Le tomó 18 elecciones al pueblo venezolano darse cuenta que había elegido mal. ¡Irremediablemente tarde!

No obstante, el nuevo sistema democrático debería “protegerse” exigiendo también a los aspirantes a puestos públicos tener un mínimo de capacitación y conocimiento, además de ciertas características éticas (por lo menos, un título universitario y nunca haber sido encontrado culpable de un delito penal). Así como no todos calificamos para manejar un carro, no todos calificamos para manejar un país, administrar un ministerio o aprobar leyes.

Un ejemplo un poco extremo sucedió en Italia, en las elecciones parlamentarias de 1987, cuando la actriz porno Ilona Staller, conocida como “Cicciolina”, fue electa diputada. Su principal propuesta en los cinco años de parlamentaria fue ofrecerle una noche de sexo a Saddam Hussein, a cambio de comprometerse a no hacer la guerra…

La democracia no es perfecta, como dijo Churchill en 1947, “la democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás sistemas que se han probado”; y, según Brennan, podría funcionar mejor si la protegemos contra la ignorancia, tanto del votante como del elegido. Si determinamos nuestro modelo político como un concurso de popularidad, la posibilidad de desencantarnos del modelo será muy alta. Por esto, el mismo Churchill, en un momento de frustración, aseveró que el mejor argumento contra la democracia era “una conversación de cinco minutos con el votante promedio”.

*El autor es economista

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