Ángel Saldomando
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Ah la política, una de las actividades más sorprendentes. Un presidente electo con una mayoría de circunstancias y que revela no una convergencia en torno al ganador, sino la fragmentación y crispación de la sociedad francesa. Además la propia imagen del ganador dista mucho de coincidir con lo que la prensa afín intenta instalar: juventud, optimismo, renovación; y de lo que piensan diferentes sectores sociales. Un gobierno saliente, cuyo presidente Hollande totalmente en descrédito aparece como reencarnado en la continuidad de su exministro ahora a su vez presidente. Ah…la política. Para desenrollar la historia del resultado hay que comenzar por el final.

E. Macron, el electo presidente de Francia, fue parte del equipo de Hollande cuando este fue candidato y luego presidente, fue su ministro de Economía, luego rompió y se distanció de su mentor con el argumento de que las políticas no eran suficientemente radicales por el lado liberal y que se encontraban prisioneras del diálogo social.  Luego en poco tiempo se propulsa a nivel nacional con la divisa de superar a la derecha y a la izquierda porque él es ambas cosas.  Luego hace campaña, gana las elecciones como supuesto renovador.  No se puede negar que una parte de la sociedad le creyó y lo dejó en segunda vuelta para canalizar el voto antiextrema derecha. Pero los productos después de todo están hechos para convencer y Macron fue hecho de esa manera. Si se confirma la tesis, hay que reconocer que fue una operación política difícil y arriesgada. Exitosa en lo inmediato, el resto aún está por verse.

El primer paso fue no hundirse con el gobierno, probablemente algo planeado por un sector de este y del propio partido socialista que dispone de una fracción de tecnócratas con amplios lazos con la derecha y el establisment económico. El segundo fue armar un equipo y conseguir los fondos que al parecer ya estaba bastante armado y el financiamiento fluyó con rapidez. El tercero fue aparentar ser un offsider, un renovador al que se aliaba la imagen del recambio generacional y fuera de los partidos. El producto se organizó en torno a estos tres mensajes. En realidad ninguno de ellos expresa un contenido de esa naturaleza. La juventud, un dato biológico, se combina con las ideas más añejas del social-liberalismo, nueva doctrina de la socialdemocracia. La renovación cubre equipos de asesores y políticos directamente salidos del establisment y por ende de los propios partidos: del socialista, del centro-derecha, etc. Si se sacan las capas que cubre el producto Macron, es la continuidad de un sector de la tecnocracia y de los grupos financieros que han apostado, desde los años ochenta del siglo pasado,  a la globalización liberal y a la instrumentalización de la Unión Europea y que ahora son hegemónicos. En contradicción con los grupos tecnocráticos y económicos industrializadores que los precedieron y las exigencias de una Europa socialmente más justa y equilibrada.

El producto Macron, ahora presidente, se encuentra con que la legalidad le da la legitimidad, pero tendrá que construirla. La mayoría del voto con que ganó le llegó para bloquear a la extrema derecha, no se sabe si tendrá mayoría legislativa para gobernar y en ese caso será un producto fracasado.  Por último, si radicaliza el programa social-liberal de su mentor Hollande, probablemente incendiará la casa que prometió componer.

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