Adolfo Miranda Sáenz
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En la Iglesia católica tenemos siete sacramentos instituidos por Jesucristo. El Orden es el sacramento por el cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos mediante la ordenación de obispos (superiores), presbíteros (ancianos, en el sentido de autoridad) y diáconos (servidores), que encontramos en el Nuevo Testamento como aquellos que reciben del Señor la misión de guiar, acompañar y servir a los fieles con autoridad y amor de pastores. La ordenación es el acto sacramental  que a estos ministros les confiere un don del Espíritu Santo que los faculta para ejercer su ministerio.

Desde el principio encontramos en la Iglesia a los apóstoles ordenando obispos (que serían sus sucesores), presbíteros y diáconos según numerosos textos bíblicos. Recordemos al diácono San Esteban, que fue el primer mártir, y al diácono San Felipe que predicaba sobre el Reino de Dios y sobre Jesucristo bautizando a nuevos cristianos. Los diáconos colaboran en el servicio social, en la caridad, en la proclamación del Evangelio, celebrando exequias, bautizando y representando a la Iglesia bendiciendo a los contrayentes del Sacramento del Matrimonio. Así fue hasta el siglo V, en que la ordenación de diáconos se empezó a practicar solo como un paso previo a la ordenación presbiteral. En el Concilio de Trento (1545-1563) el diaconado permanente fue restablecido como era originalmente, aunque no se llevó a la práctica. El Concilio Vaticano II (1962-1965) determinó la ordenación de diáconos como grado propio y permanente de la jerarquía, conferido a varones idóneos célibes, y también a varones casados de edad madura. 

La Santa Sede ha dado razones para restituir el diaconado permanente: a) enriquecer a la Iglesia con las funciones del diácono que de otro modo, en muchos lugares, difícilmente pueden ser llevadas a cabo; b) reforzar con la gracia del Sacramento del Orden a aquellos que ya ejercen de hecho funciones diaconales; c) aportar ministros sagrados donde hay escasez de clero. El diaconado permanente no pretende de ningún modo comprometer el significado, la función y el florecimiento del sacerdocio ministerial de los presbíteros, por ser insustituible. La ordenación del diácono es para realizar un servicio, no para ejercer el sacerdocio ministerial. La Iglesia ha determinado que las conferencias episcopales son las que instituyan el diaconado permanente y sus normas particulares, pero es cada obispo quien determina la necesidad de ordenar diáconos permanentes en su diócesis. En Nicaragua se estableció que pueden ser ordenados diáconos los varones casados con al menos 35 años de edad y 5 años de matrimonio, que sean idóneos y autosostenibles económicamente. Los obispos de León y Bluefields ordenan normalmente diáconos permanentes. Quizá esto pueda ser tema de reflexión dentro del Sínodo en marcha en la Arquidiócesis de Managua. Quizá el diaconado sea útil o necesario, pues hay solo un sacerdote por cada 12,000 personas y hemos bajado del 90% a menos del 50% de católicos.  

Algunos expresan ciertas reservas por temer el peligro de un mal testimonio de vida en que pudiera caer un diácono casado; pero realmente todo ser humano puede fallar y dar mal testimonio, sea laico, religioso, diácono, presbítero, soltero, célibe o casado. El riesgo es igual en todos los casos. Algunos aducen que ya existen laicos comprometidos que son servidores en atenciones de caridad, otros predican, son Delegados de la Palabra o Ministros Extraordinarios de la Comunión; pero precisamente la Santa Sede justifica el diaconado para estos casos, considerando necesario reforzar esas vocaciones con la gracia sacramental que les otorgue una unción y una capacidad especial; ninguna bendición puede sustituir el poder divino del sacramento. El diaconado permanente, han subrayado los tres últimos papas, es una riqueza de nuestra Iglesia.

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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