Jorge Eduardo Arellano
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Cuando las fogatas rebeldes de Sandino iluminaron la América nuestra, sus admiradores decidieron cantar y contar su gesta. Así, expulsadas las fuerzas a las cuales había combatido durante casi seis años, comenzaron a ficcionarla. Pablo Antonio Cuadra inició el primer intento novelístico, pero no llegó a editarlo. Tenía de protagonista a Miguel Ángel Ortez. 

Otro nicaragüense, Juan Felipe Toruño (1898-1980), exaltó la resistencia nacionalista de Sandino en su novela ––saturada de teosofismo telúrico–– El Silencio (San Salvador, Editora Arévalo, 1935). Sin embargo, limitó su exaltación a unas líneas que reconocían al guerrillero como “un enamorado del ideal de la patria autónoma […] La figura gigantesca de Sandino, un romántico de la Libertad, levanta la bandera del honor continental”. 

El mismo año de 1935 en San José, Costa Rica, la imprenta Lehmann dio a luz ¡A sangre y fuego! del panameño Alfredo Cantón (1910-1967). La miticidad de Sandino articula esta pionera novela inútilmente extensa: consta de 500 páginas y se remonta a la mitología precolombina. Largas peroratas y digresiones excesivas tornan pesada la lectura. Con todo, Sandino es retratado con fidelidad, lo mismo que Pedro Altamirano (“un hombre en quien se hallan reunidas la ferocidad del tigre y la fidelidad del perro”).

Otra novela sobre la experiencia guerrillera de Sandino y su ejército libertador fue iniciada en Panamá por Salomón de la Selva (1893-1959) y concluida en México también en 1935. Pueblo desnudo o la guerra de Sandino era su título. Mas apareció impresa cincuenta años más tarde: en 1985. Novela corta, su trama se desarrolla en 1928 y en ella Salomón despliega tres recursos: el fiel uso del habla popular, la plasticidad y la penetrante caracterización de circunstancias y personajes. Sandino es presentado como férreo antiyanquista, antirracista y casi genial estratega, además de iluminado, altivo, campechano. Desde luego, los políticos propagandistas son motivo de diatriba. 

Por su lado, el colombiano Alfonso Alexander (1910-1985) fue el único que transformó en novela su permanencia en Las Segovias como seguidor y subalterno del general de hombres libres. Concluida en Cali el 22 de junio de 1933, fue lanzada por las Ediciones Ercilla, de Santiago de Chile, en 1937. Titulada Sandino / Relato de la revolución de Nicaragua, predomina en sus páginas la técnica narrativa y contiene diálogos eficaces y descripciones precisas de ambientes y personajes. Alexander evoca al “Inmortal y sublime Darío”, identificando a los marines como “la personificación de Calibán”, el práctico y materialista anglosajón, contrario al idealista latino Ariel, de acuerdo con la célebre dicotomía vigente entonces de José Enrique Rodó (1871-1917).

Corresponden las restantes novelas ––escritas y editadas por nicaragüenses–– a Tormenta en el Norte (Managua, Editorial Nuevos Horizontes, 1947) de Madame Fleure, seudónimo de la segoviana Carmen Talavera Mantilla (1902-1976). Se trata del pobre intento de biografía novelada de un lugarteniente de Sandino: Ramón Raudales. Mayores logros literarios poseen otros tres aportes novelísticos: La vida del capitán Rebrujo (Managua, Ediciones del Club del Libro Nicaragüense, 1971) de José Simón Delgado (1913-2002), en torno a los amores y hazañas de Luis Horacio Úbeda; Memorias / De los yanquis a Sandino (San Salvador, Talleres Gráficos Ricaldoni, 1972), no exenta de prejuicios; y El Chipote (Managua, Ediciones Nicarao, 1979), de Clemente Guido Chávez (1930-2004). 

Esta cuarta novela, la más elaborada de las seis que escribió su autor, fue concluida el 30 de noviembre de 1978 y retoma el recurso del griego Homero. En efecto, los dioses nahuas intervienen a favor o en contra del “Ñeque Sandino”. Su historia es referida por dos narradores-testigos (un soldado sandinista y un marine interventor), surgiendo de ambas la figura de Sandino y su apasionado arrebato patriótico. 

Finalmente, continuaron la tarea de novelar la gesta de Sandino Jesús Miguel Blandón (1940) con Cuartel general (Managua, Nueva Nicaragua, 1988); Gloria Guardia de Alfaro (1940) con Libertad en llamas (México, Plaza y Janés, 1999); y Róger Mendieta Alfaro (1930) con Hubo una vez un general (Managua, Pavsa, 2005). La primera conforma una visión mítica de Sandino a través de la captación de muchas voces y se deja leer, pese a su ausencia de puntuación. La segunda ejecutada con una prosa maestra, desarrolla su trama en la Nicaragua de los años veinte, reviviéndola. En cuanto a la tercera, Mendieta Alfaro desmitifica a Sandino, reduciéndolo a hombre de carne y hueso, sin dejar de constituir su novela una ficción totalizadora. 

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