Jeffrey McCrary
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En 1995, me contrataron como profesor en el recinto San Marcos de la Universidad de Mobile. Durante mis primeros días laborales, me dediqué a conocer a todos los demás profesores. Una colega, al conocerme menos de cinco minutos, declaró con la mirada penetrante, feroz: “¡you are a sandinista!” La denuncia no era tanto una señal sobre esa persona, con quien recuperé y todavía mantengo una relación cordial, ni sobre mi persona tampoco; era una muestra sobre los tiempos cuando toda actitud fue politizada. Algunos profesores dentro de ese tiempo, que en algún sentido eran los dueños de la verdad, aseguraron que todo era mejor antes de la década negra. Incluso, San Marcos mismo, antes, tuvo un clima fresco, pero gracias al FSLN, los árboles caraceños que una vez brindaban verdor y frescura fueron llevados de las fincas para regalar madera a Cuba, dejando el pueblo caluroso, me aseguraron varios. 

Los datos reales sobre la deforestación en Nicaragua desmienten a las atribuciones de mis entonces colegas que insistieron en que los sandinistas hubieran destruido los bosques y provocado daños ambientales en forma históricamente desmedida. Sin embargo, el progresivo calentamiento del país queda palpable y comprobado a lo largo de los varios gobiernos, según las cifras precisas del padre y doctor en filosofía Julio López de la Fuente, profesor e investigador por décadas en la UCA, que ahora descansa en paz. Las atribuciones políticas ya no sirven: estamos en un país cada día más abatido por el calor, por tormentas inusitadas, por sequías agudas y prolongadas y por escasez de agua en el lugar y la forma necesitada para el beneficio del ser humano. Juntos tenemos que trabajar para asegurar un país próspero y verde ante retos emergentes.

Nicaragua, representado por el norteamericano Paul Oquist, quedó fuera de los firmantes al acuerdo de París el año pasado, por razones del momento muy acertadas. En breve, el mundo de los ricos, donde ya perciben los beneficios de la destrucción ambiental, no quiere asumir una mayor equitatividad entre los beneficios realizados principalmente entre ciertos países por una histórica y progresiva destrucción ambiental. Los costos, que los economistas llaman externalidades, sufren pueblos y países marginados sin percibir los beneficios económicos que quedan entre los países ricos. 

El grano de esta postura no era novedoso; se deriva del discurso de Fidel Castro en Río de Janeiro en 1992. En su discurso inusitadamente breve, Castro llamó a que “desaparezca el hambre y no el hombre”, enlazando la distribución injusta de riquezas y poderes con la distribución igualmente injusta de consumo de recursos y generación de contaminación al planeta. Los ricos destruyen los recursos y dañan al medio ambiente por beneficio propio, pero el peso del costo ambiental es, muchas veces, cargado principalmente por los pobres. El rico aguanta el calor de cuarenta grados, pagando el aire acondicionado con divisas que se generaron con la producción de gases invernaderos, mientras pueblos enteros viven en casas de lata que se hacen cocinas solares bajo el sol, sin ningún aire acondicionado para remediarlo. 

Grosso modo, Nicaragua y algunos otros países pobres son víctimas, más que participantes, en los procesos de cambio climático mundial y local. La generación de bióxido de carbono y otros gases invernaderos, los cambios a la superficie de la tierra que envuelven impermeabilización de suelos y otras actividades dañinas a la tierra provienen principalmente de pocos países, pero afectan a varios países que no perciben los beneficios de estas actividades. 

Como se ha señalado en varias comunicaciones incluyendo una reciente de la vicepresidenta, Rosario Murillo, Nicaragua pretende asumir una actitud responsable ante los retos de calentamiento global y los otros impactos del cambio climático que ya está a nuestra puerta. Es admirable la determinación del gobierno de Nicaragua en cabildear por la Madre Tierra, aunque esté por el momento sólo entre las naciones. A comparación, el Presidente Trump de Estados Unidos, mientras pretende construir muros para aislar su país de la inmigración no deseada, pretende compartir cada vez más los gases invernaderos que genera ese país con todo el mundo, sin prometer ningún remedio o compensación. 

Como científico preocupado por este país y por el planeta, considero la decisión de Trump como una coartada contra el mundo entero. Estamos viendo un triste futuro por delante, en el cual la persona más importante del planeta está tomando decisiones rotundamente equivocadas. Como ya dijo Ángela Merkel sobre el Presidente Trump sobre otro tema importante,  los demás países tienen que seguir para adelante sin el liderazgo de costumbre de Estados Unidos. Mientras Trump deshonestamente proclama dudas sobre el cambio climático, en Nicaragua, nadie duda de que sea una amenaza real. Un grado más, y nos quedamos todos desmayados o peor. Aquí el tema atraviesa a todo partido, etnia, religión y región. Es momento para que la voz de Nicaragua sea incluida en el dialogo mundial sobre el cambio climático.

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