Orlando López-Selva
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En Francia, en los 60, surgió el término “intelectual éngagè” para calificar de “comprometidos” a los que, adoptaban posturas político-sociales desafiantes.

Los intelectuales franceses de entonces —mayormente filósofos—, escribieron novelas y ensayos de protesta contra el ‘statu quo’. Algo parecido harían, años más tarde, los economistas en Alemania y Austria; y mucho después, los artistas disidentes en  China.

¿Debe un intelectual ser neutral ante asuntos políticos, sociales, científicos, éticos?

En España, por ejemplo, Ortega y Gasset, nunca se apegó al marxismo ni al fascismo en su época; tampoco Unamuno, Zubiri. 

Pero sus pares franceses e ingleses tomaron partido. Malraux, Camus, Sartre son la expresión más viva; el primero incluso fue combatiente en varios países. Parecido, sucedió con Bertrand Rusell, Alfred Whitehead; ambos tuvieron una afiliación, ante los mayores eventos globales de su época.   

En Latinoamérica, José Vasconcelos y José Ingenieros (¡Lo siento, no los conozco a todos¡) tomaron bando; pero se ha allanado más el campo a los escritores. (¡Etiquetación frágil…salvo Sócrates, todos los filósofos escriben!). Acá, Asturias, Neruda, Borges, Paz, Fuentes, García-Márquez, Vargas-Llosa, Cortázar, Cardenal, Ramírez,… han adoptado posturas ideológicas de un lado u otro.   

Hoy día la gama intelectual es más amplia. Incluye a artistas, músicos, científicos. El brillante físico ruso Andrei Sajarov, en los 70, defendió, mediante proclamas y ensayos la idea de la democracia en tiempos de la dictadura soviética.

El poeta inglés Lord Byron —helenista pleno— marchó a Grecia a luchar por su independencia, murió en 1824. En 1898, José Martí, cuya fina poesía y originalidad ensayística pudimos haber gozado más, murió peleando en la primera batalla de los independentistas cubanos contra los españoles. En  1970, el joven y magnífico poeta nicaragüense Leonel Rugama murió combatiendo contra soldados somocistas.

Y debe haber abundantes ejemplos. ¿Pero, debió Martí solo limitarse a escribir para defender la idea independentista?  

Es verdad, las luchas por la independencia, la libertad, la democracia, deben ser causas inexcusables. Pero nunca supe que García-Márquez se pronunciara por San Andrés en su diferendo con Nicaragua. Tampoco que Borges dijera algo por lo del conflicto del Beagle, entre Argentina y Chile. 

En Latinoamérica, en los años 1960-70, estaba de moda etiquetarse ideológicamente. Los izquierdistas eran mayoría; los derechistas, minoría. Y hubo quienes estando en la izquierda, se desencantaron con los atropellos soviéticos y ajustaron su postura: Paz, Vargas Llosa, Fuentes, Edwards, etc. Ya en Francia, lo habían hecho con avances diferenciados Sartre, Camus, Aron, Breton…

Verdad: el ideal de justicia es superior al ideal estético. Pero, si alguien toma partido, observa menos; se prejuicia; pierde el balance; mancha la lente con la que ve el entorno. Se distancia más de unos que de otros; pierde objetividad.

Los intelectuales al observar los hechos deben aproximarse más hacia la lógica y la justica. Pero en ese proceso, no deben perder el equilibrio de la objetividad que los conducirá a la verdad. Cierto, esto es más fácil explicarlo que demostrarlo. 

El intelectual debe razonar para buscar verdad, belleza; no para apropiarse de luchas. Sino su búsqueda pierde nobleza, y solo intenta convertirse en triunfador enardecido. La búsqueda de ese binomio debe despojarnos de apasionamientos y fanatismos. La laborar intelectual es búsqueda constante para pensar correctamente, sin esperar medallas. Y el que no puede persuadir a otro, no tiene derecho a atropellarlo.  

En el campo ideológico, ninguna verdad es cautiva. Nadie es supremamente superior, ni nadie totalmente malo. No debe confundirse a adversarios con enemigos; tampoco a idealistas con mentirosos. Todos los credos tienen errores y falaces; por tanto, pueden desgastarse, deslustrarse. 

EL compromiso del intelectual debe ser para crear una obra lumínica, no para erigirse en verdugo. 

¿O el problema yace en que la razón, a veces, se escabulle para convertirse en tránsfuga?  

Otro problema hoy  yace en que las ideas están diseminadas universalmente. Esto hace que sean fácilmente apropiables y se conviertan en armas en manos de los políticos. Los políticos no ven opciones para posicionarse ética o racionalmente, ven oportunidades para atacar al adversario.

¿Cómo determinar cuándo se debe actuar? ¿Quién lo decide? ¡Difícil!

Las ideas son para discutirse y debatirse. Nunca debe asumirse que un desentendimiento debe provocar caos social o guerra. De otra manera, la humanidad no habría aprendido a pensar y razonar bien, si de inmediato deja arrastrarse por los bajos instintos. El razonamiento cordial debe ser una actitud permanente, no un preludio a la violencia social, si caemos en desacuerdos.

Los intelectuales modernos deben desengancharse de compromisos partidarios. ¡Así lo hace la ciencia!

Herrero, busca tus fierros   

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