Francisco Javier Bautista Lara
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Cada quien tiene su particular ruta, tiempo y forma de aprendizaje. Observar cuál fue el del genio literario de Rubén Darío, puede resultar de gran utilidad para las presentes y futuras generaciones, más allá de los intereses profesionales de cada quien y de la afición a la poesía y la literatura que quieran cultivar.

La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1912), conocida como Autobiografía, cuenta que, cuando niño, en la casa de las Cuatro Esquinas en León, donde vivía con su padre de crianza el coronel Félix Ramírez y después que murió, continuó allí con doña Bernarda Sarmiento: “por las noches había tertulia”, reconoce: “mi educación quedó únicamente a cargo de mi tía abuela”.

Llegaban hombres de la ciudad, relacionados a la política de Nicaragua y León –centro político, universitario, cultural, colonial y clerical-, seguro hablaban de la unión centroamericana, de las ideas liberales, de revoluciones, literatura, libros, historia y de cualquier otro asunto que en la flexibilidad de la noche llamaba el interés de los asistentes al evento cotidiano que

Darío llamó “la tertulia habitual”. Y él, siendo aún muy niño, desde antes que aprendiera a leer, estaba en ese círculo privilegiado: “La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados”. Y después, al regresar de San Marcos de Colón, Honduras, cuando el tío abuelo lo trajo a León, continuó con esa rutina que se convirtió en el primer y fundamental medio de aprendizaje.

La tertulia, desde aquel foro familiar y vecinal, hasta los siguientes, con amigos e intelectuales, según su afinidad, despertó y cultivó la curiosidad del niño, del adolescente, del hombre, del poeta y narrador curioso e innovador, en los distintos escenarios en los que estuvo. Fue esa su tribuna principal, fue allí el aula fundamental a la que sumó su inagotable lectura y observación constante, para obtener, a pesar de carecer del título de bachiller y no haber cursado la universidad, el mérito de ser precursor indiscutible del Modernismo Literario, logró el mayor impacto que un latinoamericano ha provocado en la lengua castellana, ha sido capaz de sobrevivir al siglo y vencer las fronteras; este ilustre compatriota sigue dando motivos de qué hablar y escribir.

¿Qué aprendió en la tertulia leonesa? Además de conocer personas y circunstancias, de escuchar ideas y percibir debates del pensamiento de la época, me pregunto: ¿qué podía hacer un niño en medio de un círculo de adultos, académicos, intelectuales y políticos, talvez algunos maestros y estudiantes universitarios? Entre ellos estuvo, “el famoso caudillo general Máximo Jerez”, su padrino. ¿Qué consideración tuvieron con aquel asiduo asistente que se quedaba allí, quizás llevado por la madre de crianza y motivado por la curiosidad insaciable que lo hizo buscar los libros, visitar países, conocer a personas, descubrir…? ¿Pudo preguntar, opinar o cuestionar los criterios de los presentes? ¿Participó en el debate y asumió posiciones en el círculo integrado mayoritariamente de hombres, y alguna que otra mujer, como doña Bernarda, que era lectora activa y no ajena a la vida social y política de su tiempo?

Años después, el diplomático, poeta, periodista y crítico dominicano Osvaldo Bazil (1884 - 1946), afirmó: “Nunca he visto a un hombre que, como Rubén, sin pronunciar una palabra, tomara parte activa en una conversación hasta el punto de dirigirla y hacerla interesante”. No fue la oratoria su virtud, no fue de prolongados ni entusiastas discursos, su mérito estaba en la palabra escrita, y esa capacidad comenzó con un aprendizaje fundamental: aprendió a escuchar. Está allí la base que sustentó su desarrollo, escuchó por curiosidad, escuchó con atención, absorbiendo, con memoria de esponja, dijo Carlos Martínez Rivas. 

Para hablar un niño debe escuchar, si no escucha no hablará o lo hará con dificultad. Desde los primeros años, vamos perdiendo la habilidad de escuchar y limitamos la capacidad de aprender. Un genio comienza escuchando, desarrolla la actitud de escuchar y escuchará toda su vida, como hizo Darío. ¿Aprendemos a escuchar en familia, en la escuela, en la sociedad? Un individuo que escucha, una sociedad que escucha, siempre será mejor.

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