Jorge Eduardo Arellano
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Única mujer incluida en la antología bilingüe de Steven F. White, Poets of Nicaragua (1982), Ana Ilce Gómez (Masaya, 28 de octubre, 1944) ha sido unánimemente reconocida como la poeta de mayor sustancia lírica de su generación. Dos fueron los poemas de Gómez seleccionados por White: “Calle de verano” y “Furiosos pájaros”, más el prosema “Letra viva”, en el que traza su agónica errancia por el mundo, “porque solo ha de triunfar la zarpa y el dentellazo puro de la muerte”; pero reclama su opción vital: “A mí denme el reposo, el osco sello de mujer que sostenga la poronga de agua nueva y recién hecha”.

En efecto, novedosa e intensa, parca y singular, madura y sabia técnicamente hablando fue su voz, desde sus inicios, sin alzar ––como otras poetas surgidas después–– la bandera feminista, ni la insignia del comercial erotismo, ni el estandarte revolucionario. “Desde pequeña ––confesó en una entrevista a principios del 64–– escribía. Tomé en serio el asunto cuando me vine a Managua  y conocí al poeta Carlos Martínez Rivas, quien me alentó y enseñó muchas cosas para ejercer el oficio”. Roberto Cuadra también la impulsó y promovió, conmigo, en Novedades Cultural. Del 25 de julio y del 10 de octubre del 65 datan, respectivamente, nuestras notas de presentación. En la mía afirmé que su sorprendente aparición opacaba para siempre a todas las insignes “pedorras liricoides” que la precedían. Desde entonces me enamoré de Ana Ilce, pero ella restringió nuestra relación a la de  hermano fraternal. 

Yo la escogí, junto a Michèle Najlis ––otra sorprendente voz que le precedió uno o dos años–– para representar a la generación del sesenta en la antología canónica que compilé y anoté en 1971, cuando Gómez no había editado poemario alguno. El primero fue Las ceremonias del silencio (1975), financiado por el Banco Nacional de Nicaragua, donde laboraba bajo la tutela literaria de Juan Aburto; y bajo el sello editorial de El Pez y la Serpiente. De allí que haya gozado del merecido padrinazgo de Pablo Antonio Cuadra y del mismo Aburto.

En su penetrante prefacio, PAC la llamó “La hilandera”, especificando: “Abajo ––en tierra–– la hilandera del amor. Arriba ––en el taller nocturno–– la tejedora del mito. Verdugo y víctima. Judicial y sáfica. Leyéndose su sentencia. Pero salvándose de su cadalso poema a poema”. Por su parte, Aburto ––en la contratapa de Las ceremonias del silencio, escribió: “La solitaria Ana Ilce, perdida en lo recóndito de la provincia de su Masaya natal y extraña a cenáculos literarios, como un secreto ritual y asistida por un sentimiento de su raíz aborigen, fue construyendo el mundo de su poesía inmensamente dramática y humana, en una verdadera ceremonia del silencio”.

Como era de esperarse, Beltrán Morales elaboró, si no la única, la más acertada reseña del primer poemario de Ana Ilce, reproducido en la segunda edición ampliada de 1989. “Sin gritos ni estridencias, y desplegando conciencia artesanal, ella alcanza una verdadera igualdad en la jerarquía de los sexos. Justo balance entre el corazón y la inteligencia. Se trata de una poesía ––la misma Ana Ilce lo dice–– ulcerada por la pasión de la palabra. Su poemario resalta la eternidad del tiempo y la fugacidad del amor. Resalta también el dominio del poema en prosa que, entre otras cosas, asegura la permanencia de la poesía de Ana Ilce Gómez”.

Esta permanencia la demostró en su segunda obra, tersa y diestra, límpida y mesurada: Poemas de lo humano cotidiano (2004), premio único del Concurso Nacional de Poesía escrita por mujeres Mariana Sansón. El poema “Máscara del insomnio” es uno de sus más representativos. Dicen sus últimos versos: “Toda mi vida anticipada. / Mis angustias sobre la rueda infinita de la existencia. / Mi amor y mi dolor. / Toda la brevedad convertida en eternidad. / A través de esta larga y recurrente noche / de insomnio”.

No cabría en este artículo registrar la presencia de Ana Ilce en múltiples antologías de poesía nicaragüense contemporánea y en algunas latinoamericanas, ni la amplia recepción crítica que ha suscitado, ni a todos sus autores, excepto al más comprensivo: Anastasio Lovo. Me limitaré a decir que Ana Ilce fue la segunda mujer en ingresar como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua el 12 de julio de 2006. Julio Valle-Castillo contestó su discurso de recipiendaria. 

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