Carlos Andrés Pastrán Morales
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Un magnate árbol dominaba la selva de aquel entonces, un techo forestal verde donde apenas el sol penetraba entre sombras y escondrijos. Una civilización de árboles de antaño, altos, toscos y duros. Sus raíces bien adentro en la tierra soportaban tormentas y cataclismos. Un bosque tropical por donde transitaban un sinnúmero de corrientes y ríos llenos de vida, peces y agua cristalina, un paisaje sacado de algún libro perdido de Verne.

Pues con el tiempo transcurrido, la civilización humana avanzó bravamente y sin miedo de ver más allá del horizonte, sin miedo al futuro próximo y la derrota no alertada, árbol tras árbol fue cayendo en el suelo, tragados por hongos, insectos y la misma naturaleza. La revolución industrial además de ser un impulso para la economía, tecnología y la misma industria, fue un origen de problemas ambientales que con los años vinieron a traer una pesadilla de enfermedades al planeta Tierra.

Mientras infinitos árboles fueron talados, cortados, descuartizados y asesinados, convertidos en muebles, lápices, comedores, armarios, casas y mansiones, muchos, sin amor, fueron plantados con el objetivo de reemplazar a aquellos que fueron sus antecesores, era obvio que no sobrevivirían. 

Hoy solo vemos unos cuantos árboles de los cuales solíamos ver antes. De niño, podía ver selvas y plantas elevándose en lo alto de los montes, corrientes fuertes de agua y cuencas. Hoy solo se aprecian predios baldíos, lúgubres, olvidados, secos y llenos de fuego en el alma.

Ahora hay tanta contaminación en el aire, agua y suelo, hidrocarburos quemados y óxidos tóxicos provenientes de los automóviles de la ciudades, de las chimeneas que se alzan en lo alto escupiendo humo venenoso, aerosoles, compuestos gaseosos que destruyen cada vez más las moléculas de ozono en la atmósfera, debido a esto, el sol irradia calores y rayos violentos donde no pueden ser reflejados totalmente hacia fuera de la Tierra. 

De pequeño solía ir bastante a Tipitapa y podía apreciar bastante cómo el río del mismo nombre de la ciudad era caudaloso, imparable y escandaloso en las épocas de invierno. Correntías de agua en cantidad, gente pescando y bañándose en él. Ahora, ya no hay árboles alrededor que sustentan el río, ahora el invierno no es como antes, ya solo queda de aquel majestuoso río, un charquito que apenas avanza por gravedad a desembocar en cualquier espacio donde probablemente haya contaminación de basura por gente inconsciente de lo que ocurre en este momento en la naturaleza.

Todos aquellos cuentos de selvas tropicales enormes, grandes cascadas, enormes lagos y ríos, se van quedando poco a poco en las películas de Hollywood, y la acción que deberían tomar todas las personas para hacer un cambio es ejercida en otros temas y contextos que más bien aportan a la contaminación en la que ya vivimos.

Acá en Nicaragua se vive un calor terrible y un invierno poco esperado, donde las calles se inundan debido a la poca cantidad de suelo y tierra que podría absorber el agua de las lluvias, en vez de caer en el impermeable pavimento y llevar todo un número de basuras contaminantes y tóxicas a los cauces que se tapan y atoran, provocando inundaciones.

Poco a poco se dan las señales de que el mundo está cambiando para mal, y que las personas deben tomar conciencia de que nosotros mismos no podemos purificar el aire, no podemos crear oxígeno a partir de dióxido de carbono, como los árboles y plantas en el proceso de la fotosíntesis, ni las actividades naturales de los océanos y mares que mantienen el planeta en constante mantenimiento.

Siempre es buen momento para reflexionar y tomar conciencia, hagámoslo antes de que sea tarde.

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