Orlando López-Selva
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De manera indiscriminada, los medios internacionales revelan todos los males causados por los políticos. Y Latinoamérica hace gala, no de sus grandes avances democráticos o de su progreso económico, sino de sus desgracias públicas.

No es moda, pero ahora en Brasil están por ir a la cárcel tres presidentes: el presidente actual, Michel Temer, y los dos  anteriores —ambos del (PT)—: Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula da Silva. 

¡Ganga: las más altas autoridades públicas de Brasil están en vías de encarcelación! 
Parece un chiste cruel o una comedia de corrupción política en ristra. Los supuestos a luchar para hacer el bien y ser ejemplares y honestos, hoy enfrentan la justicia. 
No voy a abordar esto por los méritos o no judiciales del asunto. Pero sí voy a ver las cosas desde una perspectiva más del fenómeno social o de la fama que tienen los que se meten a la política con intereses encontrados o conflictos interiores.

Desde la perspectiva de los que acusan, sin dudas, siempre hay algo de reivindicación, pero también hay —algo o mucho— de “venganza, envidia y mezquinos celos”.
Brasil, hasta que llegara doña Dilma Rousseff, iba muy bien. Había bajado la pobreza un 18%, empresarios y obreros se llevaban de la mano, había mucha estabilidad social, y era la economía número 8 del planeta, gracias a Cardozo y Lula.

Y cuando doña Dilma fue despojada de su presidencia, por cargos de corrupción, se vio desfavorecida al no tener los suficientes votos en el congreso brasileño para que le ayudaran a evitar el impeachment. Y de ello sacó provecho su otrora aliado, el vicepresidente Temer, hoy todavía presidente. Y a quien no tardaron en imputarle cargos, también por corrupción. 

Rousseff, Temer y Lula podrían vestir atuendos similares si se les encuentra culpables de los delitos que se les imputa.

¿Circo o esta es la otra cara de la política cuando la democracia provee las herramientas para que se actúe éticamente y se rinda cuentas?


¿Y los que faltan por comparecer todavía ante los tribunales en América Latina, y temen que la justicia voltee su mira y apunte contra ellos?

¿Qué está pasando?

Hay dos posibles respuestas: 1) La democracia y las instituciones judiciales sí están funcionando bien; 2) o, los políticos de los últimos tiempos padecen una enfermedad incurable. 

Latinoamérica merece estar mejor. Y bien se puede argumentar, que salvo, la terrible situación en Venezuela —donde todavía los gobernantes no se percatan de que han malgastado la riqueza nacional y tienen a una nación petrolera en la quiebra—, el resto de países se las juega bastante bien.

La corrupción y los robos no permiten que el progreso cunda ni que la democracia sea una esperanza sólida, creciente, confiable. Y los populistas se aprovechan de esto enormemente para decir que ellos sí piensan en los pobres porque les reparten bisuterías o todo aquello que sobra en los países donantes.

Lo interesante es ver que en nuestro continente ya la justicia está sacando su espada ciega, sean los presuntos de derecha o izquierda. 

Acá el punto no es que por qué esto ocurre, sino por qué lo seguimos permitiendo. 

Mi sugerencia es que se creen normativas para que los ejecutivos: presidentes o primeros ministros, sirvan sin recibir salarios; y al retirarse, no se asignen jugosas pensiones. ¿Por qué el servir a los demás debe verse como un trabajo extraordinario, si es más bien un deber cívico, una obra patriótica, caritativa, con los connacionales?

Un contraargumento sería que es mejor que les paguen porque así roban menos. Pero, ¿acaso así no nos convertimos todos en cómplices de delitos públicos?

La democracia es una práctica cotidiana. Y no es que la política sea la que contagie a los novatos políticos. Más bien, los que a ella se meten tienen ya inoculado el virus corruptor, y después le echan la culpa a la pobre arte-ciencia (¡que no puede defenderse!), y que solo busca el bien común. 

Es triste ver que la corrupción se da en las dictaduras, los países en desarrollo, y también en las democracias, de cualquier tipo. Y está claro de que son los mecanismos ópticos de esta los que permiten que escudriñemos todo lo que los políticos mal-hacen, desdicen o esconden, una vez que suben al poder. Aunque, temprano, olvidaren sus otrora discursos éticos.

¿El mal yace en el ego personal que se arrastra buscando apoderarse del poder político para sembrar y cosechar desgracias y vergüenzas para todos? 

¿Cuándo terminarán estos malos tiempos?

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