Orlando López-Selva
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La amplia gama de la izquierda latinoamericana está pasando por malos y desesperanzadores tiempos. 

Ya todos sabemos del número de expresidentes que están siendo investigados por supuesta corrupción en Brasil, Perú, El Salvador, Argentina. Y faltan otros.

Pero en Brasil, el hecho de que enjuicien a Lula es una situación inesperada. Era el líder izquierdista moderado de la mayor potencia latinoamericana. Y deber ser muy doloroso y triste para toda la izquierda luso-hispana. 

Planteo acá cómo estos procesos judiciales, el drama  venezolano, el desgaste del modelo revolucionario castrista, y el aislamiento de los países ALBA, auguran malos presagios para los revolucionarios; pero posibilitan una renovación democrática continental.  

¿Murió el ímpetu del poco convincente club del siglo XXI? 

Las esperanzas de los chicos de este equipo fanfarrón son pobres. Si cayera Venezuela -que es una posibilidad-, equivaldría a la caída de un segundo Muro de Berlín. 

¿Y no era que los pueblos que se liberaban, encontraban la luz perpetua? ¿Y no era que la historia marchaba hacia adelante? (Aunque mi amigo, Federico Maison dice que “más bien, avanza a saltos”). Obvio, las cosas les están saliendo requetemal a los que predecían “el fin de la democracia burguesa en Latinoamérica”. ¿No saben vender? ¿Lo que venden es de mala calidad? ¿O muy pocos les compran?

Ciertamente, dirán que todo marchaba bien… ¿Pero ellos se han  cuestionado alguna vez? 

Y nunca admitirán, los radicales, que jamás han sido buenos políticos; que no pueden predicar el odio de clases, porque para gobernar se necesita del concurso de todos; que no rinden  cuentas; que no saben concertar con los opositores, sino reprimirlos, y -olvidando su propio pasado- tildándolos de “terroristas”, cuando protestan. 

¿Qué estaba pasando, que de repente se les desgajó el cielo? 

Como si los pueblos no supieran comprender la diferencia entre libertad y esclavismo. Si bien vieron en el espejo Siboney, ¿cuánta sangre, confiscaciones y vejámenes ha habido?  

Y cincuenta años después, le siguen suplicando a Washington que no les ignore.

De un congreso de partidos radicales de América Latina salió la consigna de que había que apoderarse, no solo del Ejecutivo y el Legislativo, sino también del judicial. Como quien dice, ante lo que está sucediendo en oleadas, en Latinoamérica, es mejor estar bien resguardados.  

¿Astucia o temor horrendo al saber que deberían rendir cuentas, porque todo el adoctrinamiento fue hecho para que lo cumplan los otros, no los jefes? 

Los conceptos de justicia, transparencia, honestidad, y libertad  perdieron todo significado, nobleza y valor. 

¿Vienen tiempos en que las revoluciones serán asuntos del pasado?

No creo. Se pueden arralar.  

Siempre habrá idealistas buscando oportunidades reivindicativas o cobradores de antiguas heridas coloniales. O ingenuos. O inadaptados intelectuales, a disgusto entre grupos plurales, luciendo mercuriales etiquetas agrias de intendentes de Gulags tropicales. Incómodos entre voces distintas o portaestandartes de finos gustos occidentalizados. Para sentirse bien, todos deben pensar como ellos, vestir como ellos. Y ser intolerantes, como solo ellos son y han sido, estando en la llanura o en sus búnkeres kremlinianos.

¡Triste! Porque hay una izquierda de buenas cabezas y  sentimientos quijotescos, imbuidos de desprendimiento o idealismo puro. 

En resumen, los revolucionarios radicales y antioccidentales la están pasando mal. Sin Castro (el prelado mayor), ni Chávez (la  joven promesa), han asumido un discurso de tácticos repliegues intelectuales o ralas diatribas cabizbajas. Angustiados y compungidos, han visto cómo el pontífice-mesías del Kremlin, aunque desafiante, no les socorre con toda la pasión Bredznievita― como lo hiciera en Siria.

Bueno, parece que entre la hermandad socialista, hay también,  hermanastros. Y estos, gustan del mandarín y trasiegan recetas mezclando budismo con estalinismo. O pierden el juicio por los lujos y portentos del “capitalismo salvaje”, desoyendo las prédicas del “socialismo civilizador”.  

No existe un socialista radical que viva como lo pregona para otros.   

Creo que vienen mejores tiempos para América Latina. Hay indicios de que la democracia ―a veces, pálida, algo incierta y lenta para la justicia redistributiva, puede resurgir, revigorizarse. O ser una posibilidad: probada y plural; más aceptada, por no ser rígida. Pero dispuesta, por permisiva y humilde, cuando le dicen que hay cosas qué enmendar.  

Si los líderes mesiánicos no se repiten, como debería serlo, ¿no es porque las nomenklaturas se han aferrado más al repetido modelo dinástico de unos pocos controlando absolutamente el poder?

La poca imaginación de las últimas estirpes radicales izquierdistas, no les hace ver que sus yerros se originan en lo que hacen para evadir justicia, suprimir libertades, destruir riquezas y excluir a mayorías.

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