Jorge Isaac Bautista Lara
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La respuesta es que no estábamos cerca, en el lugar ni en el momento para evitarlo. ¿Qué nos distrae que dejamos a un lado sus vidas? Qué dolor el de las circunstancias que nos obligan a cambiar el tema que originalmente preparamos. La idea ha sido simple y sencilla: la necesidad de llamarnos la atención a nosotros mismos como sociedad, Estado, Gobierno, direcciones de colegio, padres, profesores y compañeros de clase.

Todos, sí, todos, teníamos un papel que cumplir, y que en este caso nuevamente no hemos cumplido. Un papel que desempeñar y con el cual persuadir y evitar estas muertes inútiles. Una de las palabras claves sigue siendo: escucharlos; a tiempo y con tiempo. Aprender a escuchar trae el estar más pendiente de nuestros hijos y alumnos. Por respeto a las circunstancias nos reservamos el nombre de la niña, del últimos años en un colegio, igual que del centro. Lo que sí no puede pasar por alto es el hecho de un suicidio más que aumenta la cifra. El problema es aún más grave cuando nos enteramos que existen colegios que están reportando una frecuencia cada año de suicidios en su estadística, al punto que han “normalizado” cifras internas. Que incluso saben cuántos faltan aun antes de cerrar el año 2017.

Este dato lo puede averiguar perfectamente el Ministerio de Educación para saber de esos colegios, estadísticas, causas o circunstancias, frecuencia, etc. Para realizar los estudios que visibilicen los datos que permitan acciones concretas que incidan en la disminución y solución. La vida de esta preciosa perla, para nuestra desgracia, no se podrá reponer. Pero sí, su noticia podrá salvar otras, si tomamos las medidas a tiempo y estamos más pendientes, a la par de ubicar más sicólogos (plural) en cada colegio; y que estos sean funcionales. Porque el sistema los está matando. Y  toca la imperiosa tarea de intervenir y colaborar conjuntamente, ante las presiones de la vida, para que los jóvenes retomen sus vidas y destinos. No dejarlos caer, y si caen ayudarlos a levantarse; no avanzar nosotros sin ellos; no dejarlos solos nunca.

Y cuando nuestros hijos y alumnos nos pidan y requieran pan (de comer y de vida); darles el pan que tanto necesitan y no piedras. Están perdiendo la fe en la vida, y los hemos dejado en la orfandad  de nuestro amor. Lograr construir en ellos esperanza; porque la esperanza también es alimento de vida. Darles escudos que les proporcionen seguridad. Pues el dolor y falta en estos jóvenes no es en el cuerpo; es dentro, en el alma. Nos hace tanta falta ser sus amigos. Estamos en una época donde se es famélico de enlaces que nos unan a ellos. Nos falta construir en cada colegio, un lugar donde el estudio lleve de hermano el afecto: construir el verdadero segundo hogar. Porque cada suicidio de cualquier joven es culpa compartida. Los jóvenes deben ver y sentir que alguien confía y que tiene fe en ellos; que estamos siempre a su lado recordándoles qué tan importantes son para nosotros. Seamos sus amigos, permitiendo que la voz de Dios les hable al corazón de nuestra juventud. Porque nos está faltando la fe. Y el abandono en el joven, mata.

La familia es esa célula inclusiva por excelencia; en segundo lugar el colegio y la universidad. Ser inclusivo es una palabra que  ocupa muchos grupos para alegar “modernidad”, “libertad” y “liberalidad” de los jóvenes; pero que al final tan solo pretenden separar y aislarlos de la familia (base de amor integradora). Nos falta tanto estudiar la biografía de Juan Bosco; su vocación y consejos de cómo tratar a los jóvenes de tan actual vigencia. Hacerlos que se sientan amados en la calidad de los pequeños actos. Construyamos y estemos pendientes de esos constantes actos cotidianos en nuestros jóvenes; para no crear la orfandad del afecto. Y darles casa, cama, comida y los abrazos. Porque nos estamos quedando sin abrazar a nuestros hijos ¡Qué falta hace! Y es que al criar, y al impartir nuestras clases, que no se nos olvide darles amor y educación: no temor. Porque el calor en la familia y colegio es la cura de estos males.  Que sientan la seguridad de saber cuál es su hogar, teniendo la capacidad de cuidarlos y atenderlos. Los padres de familia y los profesores sabemos cuando iniciamos la tarea, no cuando terminamos; ello es vocacional.

Lo actual es montar la pelea y proteger con amor a nuestra juventud. Porque si los perdemos, nacerá una pregunta penitente que nos seguirá en la vida: ¿Dónde estábamos, y qué hacíamos que no hemos podido evitarlo?

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