Jorge Eduardo Arellano
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El 1 de mayo de 1857 —hace 160 años— terminó la guerra de los centroamericanos contra los filibusteros encabezados por William Walker. Pero este no se rindió ante el general en jefe de los ejércitos aliados el costarricense: José Joaquín Mora (1818-1860). Sin la consistencia moral de exigir la rendición de Walker—acorralado en Rivas—, Mora aceptó la mediación de Charles Henry Davis, comandante de la corbeta norteamericana St. Mary’s, anclada en San Juan del Sur desde el 6 de febrero del mismo año, con órdenes precisas del comandante de la escuadra del Pacífico, comodoro William Mervine.

Según el historiador José D. Gámez, el gobierno de Franklin Pierce (1853-57) había ordenado a Davis intervenir en favor de Walker “para procurarle una honrosa capitulación, a la sombra del pabellón [norte]americano, que no podía dejarlo perecer”. En efecto, Davis gestó y arregló a su gusto la rendición del prominente filibustero para llevárselo de Nicaragua con los restos de su ejército y repatriarlos, junto con sus familias —mujeres y niños— a Estados Unidos. 

Desde luego, la parcialidad de Davis fue evidente, como lo señaló el New York Tribune al referir “la vergonzosa complicidad de nuestro gobierno en los robos y asesinatos del filibusterismo, de los que en Nicaragua ha sido el escenario durante el último año”. 

De acuerdo con el cronista Jerónimo Pérez, los generales aliados Florencio Xatruch (hondureño), Tomás Martínez y Fernando Chamorro (ambos nicaragüenses) querían exigirle a Walker “las garantías o promesas de no volver a hostilizar ningún Estado de la Alianza”. Pero Mora no les hizo caso. Él deseaba, a todo trance, que la guerra concluyese. Además, temía que la gloria del “triunfo” se le adjudicara al general salvadoreño Gerardo Barrios (1813-1865), quien marchaba hacia Rivas con un fuerte ejército, empeñado en desbaratar las fuerzas de Walker. Pérez añade que a José Joaquín Mora le era característica la vanidad que entonces “la traía duplicada por los triunfos (en el Río San Juan) de los que hacía tanto alarde”. Pero Davis vio en Mora mucho “candor, sinceridad y, sobre todo, humanidad”.

El texto de la capitulación no fue firmado por ningún centroamericano. Solo Davis, Walker y tres delegados suyos (C.F. Henningsen, P. Waters y J. Winlhop Taylor) lo hicieron. Mora lo aprobó en una carta a Davis, en la que le agradecía sus “buenos oficios”. Los términos no eran otros que los traslados de Walker y sus oficiales con sus espadas, soldados, empleados, heridos o ilesos desde Rivas, pasando por San Juan del Sur, hasta Panamá, bajo la garantía y la protección el capitán Davis.

Los 102 prisioneros centroamericanos en poder  de Walker fueron liberados el mismo 1 de mayo de 1857. Pero antes de la firma del convenio, Henningsen —el más experimentado militar walkerista e incendiario de Granada— dio orden de destruir el taller de fundición de municiones y el arsenal del filibustero en Rivas: dos obuses, cuatro morteros y siete cañones; también se arrojaron en distintos pozos de la población 55 mil tiros, 300 mil fulminantes y casi una tonelada de pólvora. 

El historiador estadounidense William O. Scroggs, sustentado en datos de Henningsen, afirma: “El número total de los filibusteros que se rindieron en Rivas fue de 463, clasificados así: oficiales y soldados en servicio activo, 164; heridos, enfermos, cirujanos y asistentes del hospital, 173; funcionarios públicos y ciudadanos armados, 86; tropa del país, 40”.  

Y Scroggs añade: “Cuando Walker concentró allí (en Rivas) su gente para una resistencia final, la totalidad de su fuerza era de 919 hombres; el 1 de febrero (de 1857) recibió a 40 reclutas de California y el 7 de marzo 70 más. Había, por lo tanto, 1,026 hombres encerrados en Rivas; y como ya solo quedaba 463 al rendirse Walker, el número total de muertos y desertores alcanzó en cuatro meses 2.566, o sea, el 55 por ciento de toda su fuerza”.

Dos años y un día después de haber zarpado de San Francisco en el Vesta hacia Nicaragua, Walker se vio forzado a alejarse de sus costas. Pero la obsesión mesiánica que poseía lo condujo a regresar en una segunda invasión a finales del mismo año de 1857. En consecuencia, no andaban desacertados Xatruch, Martínez y Chamorro al pedir a Mora y Davis que impusiesen a Walker la garantía de no reincidir en su obcecación filibustera. 

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