Carlos Andrés Pastrán Morales
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Vas caminando por alguna avenida camino a tu casa, a tu colegio, a tu universidad, a tu trabajo, pero vas acompañado de una chica. En el momento que vas conversando de cualquier tema, ves precisamente a personajes ocultos acechando con la mirada. 

Tu amiga, tu novia, tu hermana o hermanita, siente temor porque ya sabe que sucederá a continuación. Pasas al lado de ellos con tu compañía y escuchas unos piropos ridículos que obviamente no son para vos. Simplemente ves cómo van desapareciendo con tu mirada hacia atrás unos hombres que se aprovecharon del momento y de la belleza de tu acompañante para decir disparates con una necesidad absurda de hacerlo. 

Te sentís impotente, te sentís humillado también, no sabés qué hacer, simplemente le decís que no importa, que todo está bien y que ya pasó. O puedes ser lo suficientemente valiente como para enfrentarlos y pedir respeto. 

¿Qué pensamientos correrán y se manifestarán en las pobres mentes de los hombres toscos de voz aguda, llenos de mugre, que plagan la ciudad, las calles, callejones, avenidas y que son tus vecinos también?

Hombres de pensamiento infiel con una resistencia verbal muy leve, que escupen entre palabras, ofensas disfrazadas de elogios rebuscados que parecen más chistes que un simple piropo. Oraciones que dan escalofríos a las mujeres que caminan por las mismas aceras y andenes. Mujeres que en sus casas fueron advertidas por sus madres que tuvieran cuidado en las calles, que no le hablaran a nadie, que no le hicieran caso a esos hombres.

Un miedo y un temor invisible cuelgan sobre la ciudad. Miedo a acciones y palabras enlazadas por aquellos que se encargan solamente de ver señoras y jovencitas, que se deleitan al ver una piel fresca, al ver rostros tímidos, temerosos, al ver la inocencia caminar delante de ellos.

Pero cuál será el pensamiento que perdura en ellos que creen que decir unas cuantas palabras obscenas, de acoso, porque esas oraciones no tienen nada de encanto, decir cursilerías grotescas o lanzar una descripción vulgar, ¿podría gustarle a una mujer?, claro que no. 

Mientras estas acciones persisten a diario y en todos lados, las ganas de contradecir y la impotencia también están presentes. Están presentes en un momento de incomodidad total, en el cual una mujer simplemente camina hacia su destino, y cualquier hombre, grotesco, con inmundicia, desaseado, balbucea estupideces que representan simplemente el irrespeto y acoso sexual.

Por las redes circulan numerosos vídeos captados sobre hombres golpeando, humillando, tratando mal, acosando y morboseando a las mujeres, y respecto a esto, creo que no existe algo que esté en contra, solo el mismo pensamiento de personas que odian este tipo de situaciones en las que nos hemos involucrado todos en algún momento de nuestras vidas.
Qué gusto sería poder ir por la calle y no ver el acoso como algo normal y habitual. Caminar, moverte y hacer tus actividades diarias sin que ninguna persona esté pendiente de cómo te vestís, de cómo salís a las calles. Sin ningún tipo de estupidez mencionada por personas incultas, porque lamentablemente eso es falta de cultura, de no reconocer los derechos de los demás y de desconocimiento de las leyes. 

Qué será de esas pobres almas que viven de esto y creen que es algo que deba existir y lo toman como hábito, como elogio, como algo salvaje que los hace ver malvados, y que tienen un sentimiento de egocentrismo demasiado alto. 

Como dice una reflexión, el mundo necesita más abrazos, más caricias, más empatía, menos maltratos, menos avaricias, menos cobardía, y yo añadiría, menos acoso y más respeto para que seamos una sociedad, un país, de mayor convivencia y menos riesgos. 

Y para las damas, las mujeres, las jóvenes, las adolescentes, todo nuestro cariño,  respeto y admiración.  

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