Augusto Zamora R.*
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Se han enzarzado Donald Trump y Kim Jong Un en un cruce de amenazas incendiarias que, de no estar uno mínimamente informado, invitarían a cavarse su refugio nuclear.

No pasa ni pasará nada, absolutamente nada. Es cacareo de gallos, cada uno mirando su gallinero, con tantas ganas de ir a la guerra como de sacarse sin anestesia las molares.

Trump es el primer presidente de EE. UU. que vive sin vivir en sí, de la guerra patológica declarada por los demócratas, que tienen investigando hasta los retretes de los Trump.

Sometido a asfixia política, Trump ha encontrado una contraparte perfecta en el líder norcoreano, al que le chiflan las exhibiciones públicas, sean marchas militares o lanzamiento de misiles. Todo con tal de ocupar las primeras planas mundiales. 

La coreografía no desmerece del peliculón. Corea del Norte lanza misiles. EE. UU. manda un portaaviones. Japón despliega sistemas antimisiles. Los surcoreanos llenan los cines.

El mundo descubre que existe una isla que se llama Guam, robada por EE. UU. a España tras la guerra de 1898, y que EE. UU. tiene llenas de misiles y bombarderos nucleares.

Trump, hasta ahora, no ha pasado a palabras mayores (con Corea del Norte no serían mayores, sino suicidas). No hizo lo mismo Bill Clinton cuando sus amores becarios.

Ordenó Bill bombardear la única fábrica de medicinas de Sudán, luego de montar una campaña sobre que allí fabricaban armas químicas. Químicos había, para antibióticos. 

Bienvenidos sean todos al circo global. 

az.sinveniracuento@gmail.com

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