Orlando López-Selva
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El régimen militar que gobierna Burma (o Birmania), cuya población es mayoritariamente budista, está reprimiendo y persiguiendo a la minoría rojinga (musulmana) en ese país.

Mi punto acá es que habiendo sido perseguida, encarcelada, la señora Aun San Suu Kyi, como líder opositora frente al régimen militar de Burma y ahora ella en el poder, desconoce los derechos de los rojingas de su país. ¿Solo por ser de diferente etnia o profesar otra fe? Es injustificable. La democracia no puede ser un caballito de batalla de los reprimidos; y una vez alcanzado el poder, convertirse en un artefacto desechado.

Las noticias dicen que 125,000 rojingas han huido hacia el vecino Bangladesh; y 400 civiles han muerto por militares que les persiguen.  ¡Vergonzoso!

Si hay grupos terroristas rojingas, pues que se pelee contra ellos. Pero no tienen por qué pagar los civiles inocentes, no involucrados en esas luchas. Tampoco se les debe echar fuera del país. 

Es inaceptable la actitud del Gobierno de Burma. Igual lo es la actitud de la Premio Nobel Aun San Suu Kyi, que denota ambigüedad, parcialidad y aceptación del mal trato hacia una parte de la población de su país, que ella dice amar.

En su libro “La Mia Birmania”, (de la editorial italiana Corbaccio; Milán, 2008), la ganadora del Premio Nobel de la Paz, Aun San Su Kyi (hoy consejera del Estado o líder de facto de Burma), habla de la paz y de todos los valores ennoblecedores del budismo. ¡Enhorabuena! ¡Pero ante esta situación de opresión y etnocidio contra los pobres rojingas, que están siendo perseguidos y echados de su sufrido país, que ella alce su voz! 

Si Birmania es suya y la ama, que la haga grande corrigiendo todo aquello que los militares o el Gobierno hacen mal. ¿Acaso no pueden construir un país donde convivan budistas y musulmanes?  La verdadera democracia derrumba muros y cierra brechas. No es atizadora de rivalidades sociales.

Un país se ama con todo. La vocación patriótica es incluyente; más aún, cuando se es autoridad pública. Si creemos que los valores democráticos deben ajustarse únicamente a nuestras preferencias ideológicas, caemos en la manipulación y la hipocresía. 

¿O invocan el mantra democrático solo para conseguir y mantener el poder? 

Ningún ser humano --independiente de sus creencias, desacertadas, raras u opuestas que fueren-- debe ser perseguido, reprimido, echado al exilio o desposeído de lo poco o mucho que tenga por las mayorías detentadores del poder. Y si estas reprimen en razón de su número, se alejan de los valores y virtudes del credo democrático. Es degradante e inhumano  perseguir a otros por pensar distinto o estar en desacuerdo. 

No es justo. No es correcto. 

Las acciones represivas de los militares birmanos son inexcusables y solo reflejan que hicieron una transición maquillada, espuria, del autoritarismo burocrático tribal hacia lo que ellos llaman, “democracia”.  

Burma ha vivido bajo dictaduras militares por más de 47 años. Y a pesar de haber entrado en un período “de paz con disciplina” --reza el lema birmano-- desde 2011, el respeto a los derechos humanos sigue siendo tarea pendiente.    

En Occidente se pensó que con la señora Kyi, las cosas iban a cambiar. Porque es en la democracia donde se encuentran los mecanismos para desarrollar un sistema de convivencia entre los diferentes. La democracia es la solución para los países en crisis. 

Pues no importa quién esté siendo avasallado. Sean miles, cientos o pocos, únicamente la democracia vela por los muchos y los pocos, sin distinción alguna. 

Vivir en democracia es vivir en pluralidad. La democracia no es un instrumento que solo da derechos. Exige respeto y tolerancia de todos hacia los demás. No es compartir solo con los que me simpatizan o comulgan con mis ideas. Hacerlo de otra manera sería justificar la intolerancia, el irrespeto y la imposición de los que se creen ungidos por su poder, autoridad, riqueza, privilegios, condición, credo. 

Es ahora cuando la señora Kyi debe recapacitar. 

Hace un tiempo, escribí un artículo alabando su tenacidad, coraje e inteligencia. Pero hoy su postura enturbia su impecable imagen de defensora de los derechos humanos por los que ella padeció y luchó. ¿Por qué no reconoce los derechos de los otros? ¿O solo fue un recurso oportunista para llegar al poder?

Cualquier minoría perseguida es una afrenta para nuestra civilización. No importa el credo del perseguido. La democracia acoge, protege, da voz y participación a todas las personas, sean excluidos, desamparados, extraños, diferentes, pobres o ricos. 

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