Félix Navarrete
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Una inesperada y agresiva bronquitis me tumbó en cama durante tres días. Durante ese tiempo, no vi el sol ni la luna, ni conté las estrellas, y me dediqué a dormir y soñar.  Cerré las cortinas de mi cuarto y bajé el telón de la vida cotidiana. Solo veía a mi esposa y mi madre, vigilando mi sueño.

Gracias a Dios mi celular enmudeció y se apagó abruptamente el ruido del  mundillo social. Y mientras la bronquitis abandonaba lentamente  mi cuerpo, mi espíritu  indómito y  anárquico vagaba errabundo por los oscuros lugares de mi memoria en busca de paz interior.

Confieso que en estos días de enfermedad, se produjeron una serie de eventos tras los cuales ya no sería el mismo: y es que durante esas dos noches, que debieron ser largas y blancas, toda mi vida pasó frente a mis ojos como una larga y accidentada película.

Allí pude ver, como en un riguroso documental, algunos hechos y situaciones que ya había olvidado: mi primera comunión a los cinco años, disfrazado de monje franciscano; mi primer beso a los nueve años en la torre de la iglesia El Calvario, antes del tercer toque;  mi inocencia perdida a los 15, y luego, el dolor y la incertidumbre de sentirme solo, de no tener con quién compartir mi dolor y mi incertidumbre, hasta que conocí el amor y vivir volvió a tener algún sentido.

También observé que la vida es un circo con un número distinto para cada uno de nosotros. Lo único que cambia es el guión y las circunstancias.  Y algo que no va a creerme: todos llevamos  un carnaval de tristezas adentro.

Tan solo ayer era un niño tímido y lleno de miedos, hambriento de afecto y amor. Un ser educado por fantasmas. Recuerdo que Dios se apiadó de mí y me sedujo para que me acercara a su presencia. Me concedió una tarde de lluvia luego que hiciera una oración ante mis amigos de infancia, y quedara ante ellos como un brujo, y hasta sembró en mi mente la idea de ser un sacerdote consagrado a él,  pero las tentaciones del mundo ya me habían atrapado. La soledad me había mostrado caminos peligrosos. 

Llegó la juventud, divino y azaroso tesoro,  y me encontró leyendo libros  y cavando  túneles del conocimiento; me encontró en mi fase de intelectual y  había traspasado el umbral de la realidad para sumergirme en la otra cara de la vida, en los submundos de los fantasmas  donde todo es cierto y nada es cierto. 

Fue en esta época cuando me di cuenta que había nacido para escribir, aunque tuviera que escribir con mi propia sangre. Que mi padre había sembrado en  mis genes un mundo que me arrastraba a destinos insospechados y no recomendables. Que mi sangre ecléctica pugnaba por la vida azarosa, bohemia, indiscreta, pero al mismo tiempo mi espíritu taciturno y reflexivo, me inducía al refreno,  al origen, a un plan original, a una vida discreta y casi perfecta que tenía su fin en Dios.

Sin embargo, seguí huyendo de Dios y sus proyectos, e inventé mi propio proyecto de vida. Hasta que dando vueltas sobre mí mismo, en busca de una salida, lo volví a encontrar. Lo encontré una noche de estas en uno de mis sueños, mostrándome otro camino, otro sendero, una especie de negocio que nadie rechazaría por las cuantiosas ganancias que dejará.

Y ese negocio es hablar de El. De pescar almas para el reino. De ser como El.  Es el mejor negocio del mundo. No me malinterpreten. No estoy hablando de hacerme rico.  Estoy hablando de conseguir la vida eterna. No hablo de fortunas ni de riquezas materiales.  Recordemos que la felicidad no te la da   el dinero ni el carro del año ni la mansión ni los bienes que tengas. Tampoco te la dan tus títulos ni tus hojas de vida. Al final de la película, todo se termina.  Haber sido pobre o rico es irrelevante para Dios. Uno vuelve al polvo y el alma espera el escrutinio divino. Seremos juzgados por el amor y no por la cantidad de nuestras riquezas.

La  verdadera felicidad se encuentra en otra parte, en los detalles irrelevantes: en calmar el hambre de un niño, en ver en el otro un verdadero hermano: en ayudar sin condiciones a los demás, en obedecer los mandamientos divinos y perdonar como fuente de amor y misericordia. Lo demás sale sobrando.

Managua, 11 de septiembre de 2017.
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

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